Zapatos

Cuando sonó la alarma de tu teléfono, de tan dormido que estabas al intentar apagarla manoteaste sin querer la billetera de la mesita de luz, haciéndola volar hasta el piso. Ya empezaste rezongando el día, con esos enojos que son fruto del sueño en primera instancia. Mientras, el sonido “perfora tímpanos” que te separa de los brazos de Morfeo siguió inundando el éter hasta que por fin diste con él botón que lo apaga.
Ves la lluvia por la ventana redonda de tu pieza y su sonido replica la invitación a volver a la cama calentita que acabás de abandonar. Aún así te vestís mecánicamente sin mirar la ropa, dispuesto a empezar la jornada. A punto de ponerte de pie, ves en el piso de madera la billetera que tiraste.
Está abierta y con varios billetes salidos. Los mirás y te das cuenta que no son los mismos de siempre, es más, ni los conocés a estos. Agarrás uno y lees: “Billete del perdón”. Revisás y ves que hay de todos los números y colores, tal cual el dinero de curso legal.
Claramente no entendés nada, ¿quién puso eso ahí y con qué intención? No olvidás que el reloj te corre, así que mientras reflexionás te pellizcás para asegurarte de que estás despierto y pretendés salir hacia la cocina a desayunar. Das dos pasos y sentís un pinchazo en los pies. Mirás y te das cuenta que tenés puestos unos zapatos que no son tuyos, de hecho, pese a estar bien mantenidos, notás que son antiguos, totalmente fuera de temporada.
Si lo de los billetes te extrañó, esto te puso al borde de un ataque de demencia. En medio del desconcierto, súbitamente un rayo de memoria te atraviesa y recordás que ese calzado es el que usaba tu viejo cuando eras chico: sin quererlo, estás en los zapatos de tu papá cuando tenías 6 años.
La máquina del tiempo te pasó a buscar para dar un paseo sin consultarte y volviste al pasado. Se ve que no lo tenías resuelto con amor y entendimiento, sino no tendrías esa cara. Ahí empezó a nacer un dolor que te acompaña hasta estos días… ¡Cuántos dibujos que hiciste para tu progenitor y éste ni atención les prestaba!, ¡cuántas veces te dejó con la pelota en la mano esperando salir al patio a patear unos penales!, ¡cuántas noches estuvo sin pasar a saludarte a tu cuarto para espantar monstruos antes de dormir!
Ahora que estás en sus zapatos empezás a entenderlo: él tenía el “chip” de que lo más importante para mantener a una familia era el dinero. Por eso destinaba su vida al trabajo y amargaba sus días para tratar de llevar el mango a la casa. Pensaba que eso era amor: intentando que nada falte no se dio cuenta que el que faltaba era él.
Se te empiezan a aflojar las lágrimas, te das cuenta que se equivocó mucho, aceptó una ilusión en nombre del amor, mas nada fue hecho con mala intención. Creía sin dudas que lo estaba haciendo por tu bien y el de tus hermanos, esa era su noción de bienestar.
Este viaje en sus zapatos te hizo comprenderlo, y empezás a aflojarte. De repente te mueve un impulso: metés la mano en tu bolsillo y sacás el billete más alto que hay en tu billetera… a esa situación le pagás con ¡perdón! sincero y absoluto. Te envuelve un sentimiento de liviandad, cual pluma en el aire volviendo al presente.
Al “volver” ves que recuperaste tu calzado habitual. Estás literalmente mareado y decidís recostarte un rato con los pies apoyados en el suelo. Empezás a soñar viéndote abrazado con tu papá, disfrutando mucho. Ya no hay un muro que los separe.
Los perros del vecino te despiertan. Al reincorporarte te tambalean los tobillos y te aprietan muchos los pies… ¡tenés puestos los zapatos que se compró tu ex novia cuando fueron a casarse! Situaciones traumáticas si las hay en tu vida. ¿Cómo fue a confesarte que no quería hacerlo un día antes de la boda en la iglesia? ¡Cuánta buena excusa para victimizarte! Quedaste años hecho una piltrafa. Ahora que estás en su calzado, ves que fue lo mejor que pudo hacer. Estuvo años sosteniendo una mentira, en primer lugar a sí misma, creyendo que estaba enamorada y ante esta fecha clave, la venda se le cayó de los ojos. Te das cuenta que tampoco tuvo mala intención, que te lo tomaste como personal y ella también sufrió, ambos fueron víctimas sin quererlo, cada uno a su manera y desde su lugar. Su decisión, aunque tardía, fue lo mejor. Era imposible que construyan felicidad sino había amor. ¿Mirá si te casabas y formabas una familia en ese contexto? Lleno de entendimiento, comprensión y compasión, sacás más billetes del perdón y los soltás en esa situación. Volvés a levitar de lo liviano que te sentís.
¡Qué momento éste de tu presente! Con el pasar de los días amaneciste siempre con un calzado diferente: el de tu amigo del colegio que te hacia bullying, el de tu mamá, el de tu abuela, el de aquel jefe, e incluso hasta los tuyos mismos en aquellas situaciones que actuaste mal y recordarlo te flagelaba. En algunas ocasiones te hubiese sido mucho más fácil poner dólares que poner perdones, más aún así lograste usarlos.
Siempre con la billetera llena a todo momento. Veo que tenías mucho que perdonar. Te diste cuenta que el pasado no es una entidad fija, sino que se puede reconstruir a cada paso. Hiciste muchos viajes a él y diste muchos perdones que te están regalando un presente hermoso y liviano.
Antes no podías hacerlo porque siempre mirabas desde tus zapatos. Ponerte un instante en la situación del otro te ayudó muchísimo para comprender cientos de casos en los que no hubo maldad, ni mala intención, y en los que la hubo lograste tener otras perspectivas del asunto que te ayudaron a descomprimir el recuerdo negativo.
Sabés que cada cual puede dar los pasos que quiera, con los zapatos que guste, de eso se trata el libre albedrío, mas sos consciente que sólo podés hacerte cargo de tus pies y de darle uso apropiado a los billetes que te regala la vida.
No recordás una sensación así tan linda en tu vida, saber que podés hacer mucho con lo que te pasó en el camino recorrido, dejar de sentirte una víctima pasiva, y ser un albañil activo del pasado que lo reconstruye con amor y perdón, paso a paso, zapato a zapato.

zapatos

 

FIN

 

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