Útil e importante

Como todas las semanas, desde hace cinco años, Ricardo fue a visitar a su abuelo al geriátrico. Isidro, muy deteriorado con sus 83 años, no podía evitar sonreír con toda la boca, ni que se le iluminen los ojos cuando lo veía llegar. Le acariciaba la cara con sus manos rugosas, ásperas, dañadas de trabajar en la construcción toda la vida; aún en épocas en las que debía jugar con sus amiguitos de la escuela, él llenaba baldes de arena en lugar de patear una pelota de trapo. Su nieto siempre le pedía consejos sobre cómo hacer su casa y como guiar a los albañiles. Isidro rejuvenecía cada vez que era consultado sobre lo que fue su oficio: le daba mil indicaciones, le hablaba de los materiales, de cómo ubicar los ambientes, etc. Ricardo le decía que iba a seguir todas sus indicaciones, simulaba fallas en la construcción y su abuelo desesperado, agarrándose la cabeza, le decía como había que solucionarlo… Así pasaban las visitas y las estaciones del año. Ricardo encendía la pasión de su abuelo con una mentira piadosa: él ya tenía casa, la heredó de su otro abuelo en perfectas condiciones.
Esteban, llegaba como todos los días de la escuela con el mismo gesto de frustración de los últimos tiempos, revoleando la mochila contra la pared. Añoraba ser parte de los líderes del grupo, pero nadie lo consideraba. Se sentía el hombre invisible gritándole a oídos sordos. Sufría no ser popular: sus excelentes notas y su comportamiento intachable no ayudaban en la búsqueda.

Cierto día, cuando la maestra entró al aula encontró desparramadas en todas las paredes, caricaturas obscenas con su nombre, pintadas a mano con fibra indeleble roja… Belén, una de sus alumnas preferidas, la llamó a un costado para contarle lo sucedido con lujo de detalle…. Los padres de Esteban fueron convocados de inmediato y quedó al borde de ser expulsado. En medio de un gran desconcierto, pidió perdón y tuvo que quedarse varias horas a limpiar las paredes. Al salir se cruzó en la plaza al líder del aula, que por primera vez lo palmeó en la espalda y le guiñó un ojo en claro gesto de aprobación… Mientras, en su casa, Belén no sabía cómo sacarse las manchas rojas que le dejó la fibra en las manos y en el guardapolvo. Aún tenía palpitaciones; sufrió mucho por esconderlas mientras declaraba y también sufrió hasta ver que su plan funcionaba a la perfección…
Mariana, con sus tiernos 10 años, no podía evitar demostrar la fascinación que tenía por su hermano Juan, que le llevaba 6 años de diferencia. No sabía que más hacer por llamar su atención. Le preparaba la merienda, veía todos los partidos de River en la tele, escuchaba su música, le hacía la cama para que la mamá no lo rete… pero éste ni la registraba. Cada tanto recibía alguna caricia de su parte y ella quedaba al borde del desmayo. Cierto día, Juan llegó de la calle muy apurado con su bicicleta pinchada en la rueda trasera. Su tío le había enseñado como emparcharla, así que él mismo lo hacía. La desarmó, infló la cámara, la sumergió en agua y las burbujas le señalaron el agujero… Mariana miraba de cerca sin decir palabra y él lo sabía. A la hora de poner el parche, puso cara de preocupación y dijo no tener más pegamento, mientras lanzaba insultos al viento. Le pidió a su hermana que se quede agarrando con el dedo la cámara en el lugar dañado, mientras él iba a comprar el repuesto a unas diez cuadras de su casa. A Mariana la sonrisa le creció hasta el cielo, estaba siendo considerada por su héroe que todo lo solucionaba. Con mucha concentración esperó su regreso de pie, llena de felicidad, con los brazos al borde del calambre. Él le agradeció secamente, arregló la rueda y guardó prolijamente el pegamento, justo al lado del otro que tenía casi sin usar en el cajón de herramientas.

Cuando sonó el timbre, Carlos ya sabía que era Gabo. La amistad que los une tiene más de 30 años de antigüedad y no sabe de tormentas. Este último, se quedó sin trabajo hace pocos meses y empezó una empresa propia de reparto de materias primas para cocineros. Verdaderamente le estaba yendo mal y sus habilidades comerciales daban pena, de hecho, por ahora, su mejor cliente es Carlos, lo cual era muy llamativo, dado que éste no se dedica al rubro gastronómico, ni siquiera tenía tantas bocas que alimentar. Las veces que se lo quiso preguntar, lo esquivó con evasivas, pidiéndole que se limite a hacer su trabajo y llevarse el dinero correspondiente sin cuestionar… La mujer de Carlos desde hace un tiempo cayó en una gran depresión, su estudio contable entró en quiebra y ella se mimetizó. De pura casualidad su marido le descubrió una actividad terapéutica: ¡cocinar!, aunque nunca lo había hecho, esto la ayudaba a levantarse de la cama. La incentivó para que a diario hiciera diversas comidas con el propósito de llevarlas a un comedor comunitario cerca de la casa. Ante esta noble tarea Norma no podía fallar y ponía manos a la obra con gran entusiasmo… El secreto que Carlos llevará consigo a la tumba, es que no existe tal comedor… mientras le alcance el dinero seguirá comprando los productos de impresentable calidad que provee Gabo y seguirá alentando a su mujer, quizás la peor cocinera en la historia, para que siga haciendo los platos que ni siquiera comen (literalmente) los perros de la cuadra: apostaba a que con el tiempo ambos evolucionen, pero de momento no tiene apuro, ni agallas para romperles la ilusión.
Pequeñas mentiras o grandes verdades, lo importante es, en este caso, hacer cosquillas en el alma a un ser para que sonría. Diminutos gestos que logran grandiosos resultados… una caricia inocente al ego… de esto se trata hacer sentir útil e importante a una persona.

FIN

 

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