Un zapato para cada pie

En las latitudes del campo de hielo patagónico, un par de zapatillas de cuero marrón habían cumplido su misión y lo mejor fue dejarlas partir. Sin mucho ritual fueron colocadas en una bolsa de basura y puestas al servicio de  la recolección de residuos en El Calafate.

Rome estaba allá viviendo una aventura extraordinaria, mientras trabajaba en relación de dependencia por unos meses, hasta tomar impulso para volver a salir a las rutas.  Tenía muy en claro que el estar de nuevo “encerrado” 9 horas por día para conseguir dinero iba a ser solo por un tiempo ¡su mochila le chistaba todas las noches desde arriba del ropero! Al dejar ir su calzado de cabecera, el mismo que usaba para hacer pasos de danza en el bar de moda o para caminar por los cerros,  sus pies quedaron desamparados. Como el presupuesto no alcanzaba para reponerlos, no tuvo más remedio que esperar a que el universo provea otros.

En primera instancia fue un turista italiano quien  le ofreció unos borcegos de cuero que tenían un  problema técnico: al derecho se le había salido la suela, pero en líneas generales estaban muy bien mantenidos. Rome los aceptó e hizo coser por un experto al que estaba dañado. Pocos días después fue invitado a caminar en una porción de paraíso llamado El Chaltén, por un sendero de montaña de más de 9 km, donde un detalle no tenido en cuenta marcó el camino: el otro zapato que no había sido cocido se despegó. La suela se divorció de la bota y no tuvo más remedio que volver a “pata pelada”…

Pocos días después un compañero de trabajo le ofreció las zapatillas que usaba para pintar. Según sus palabras estaban con algunos agujeros y manchadas de pintura, pero se podían usar. Rome aceptó gustoso el ofrecimiento y sin más, adoptó esas zapatillas “New Balance” como si fuesen una Ferrari  0Km.

Al poco tiempo, la auto profecía se cumplió y llegó el momento de volver a los caminos. Había una deuda pendiente en la zona, que era ir a conocer Ushuaia, y allí fue con sus “nuevas” zapatillas, donde entre otras cosas,  fue invitado por una amiga a un concierto de música clásica en un lujoso hotel, donde con toda la timidez del mundo ingresó con sus “zapas” salpicadas con pintura verde.

Cuando uno toca fondo no queda más que subir, y así hizo Rome. Desde el fin del mundo llegó, después de unos meses, a Buenos Aires.

Allí un día escuchó al viento en la ventana de su habitación. Le estaba trayendo noticias de un nuevo viaje. Lo escuchó, lo analizó, puso toda su inconsciencia a favor de aquella propuesta y dio el ¡SI! Europa lo esperaba a él, y sus zapatillas.

Sabía que llegaría en invierno y que el mismo viento sabiendo de su amor por las montañas lo llevaría por los Pirineos y por los Alpes, también sabía que por más que el termómetro marque temperaturas bajo cero y la nieve de las calles llegue hasta los techos, su calzado para andar eran las zapatillas que le habían regalado.

Saltó de una orilla a la otra del océano Atlántico, siguiendo al viento,   y para cuando ese viaje iba por la mitad, ya había padecido el frio en los pies muchas veces, pero con “hidalguia”, sin queja alguna. En Suiza incluso caminó con nieve hasta la cintura. Sabía que el problema era sólo al principio, los primeros pasos con los pies mojados y rígidos por la baja temperatura, pero después la alegría de estar donde estaba anestesiaban más que el frio.

A él verdaderamente ni le preocupaba el tema, ese era su calzado y lo usaba, pero al señor universo parece que si le hacía ruido esta situación, y de tan generoso como de costumbre, puso al viajero soñador en el momento indicado con la persona indicada para tener unos zapatos a la altura de las circunstancias.

Dentro de Suiza hay un pequeño pueblo Alpino llamado Ovronnaz, donde residía un mago del camino que había conocido en Calafate.  Este mago trabajaba en el bar de la estación de esquí del lugar y para ir a trabajar todos los días, en vez de tomar un tren o un colectivo, se tenía que montar en una aerosilla.

Un día, mientras Rome lo esperaba en su casa, apareció contando que la dueña del bar le prometió darle unas botas de trekking que un cliente olvidó el año anterior.  A Benoit, el dueño de casa, no le venía nada mal otro calzado, así que estaba feliz por el ofrecimiento. Al día siguiente, al traerlos, hubo un detalle que no había tenido en cuenta: el tamaño de sus pies son del largo de unos esquís y las botas eran de “pura casualidad” del tamaño de los de Rome.

Sin nada de egoísmo, Ben se los entregó. A partir de ese día los pies de Rome volvieron a tener un calzado en condiciones para llegar muy lejos, sin padecer las piedras del camino, ni las temperaturas bajo cero, ni los charcos invisibles que siempre le mojaban las medias.

El trabajo de Ben en aquella estación de esquí era por los 3 meses del invierno y Rome solo pasó una semana por allí. Es decir que la dueña del bar tuvo 2 meses y tres semanas distintas para ofrecerle esas botas y sin embargo se las dio cuando alguien las necesitaba verdaderamente pese a que lo negara.

Rome estaba dentro de un entorno mágico desde que se lanzó al camino a cumplir sus sueños, y ya había tenido decenas de manifestaciones de su magia, pero a cada paso lo seguía sorprendiendo y emocionando.

La misma magia que alguna vez le puso delante una campera, ahora le ponía unos borcegos de la marca Salomon, una de las mejores del mercado, y sin tener que gastar un centavo de su ajustado presupuesto.

Las recibió temblando y salió enseguida a probarlas, estaban como recién sacadas de la caja, inmaculadas. Parecían diseñadas por la Nasa, se sentía flotando a cada paso. Mientras buscaba pilas de nieve blanda para dejar su huella, miró nuevamente al cielo y agradeció entre lágrimas, una vez más, tanto cariño por parte del universo.

Esa magia hace que uno se sienta poderoso, aunque sabía que su único merito era haberse expuesto a los rayos de los sueños que vienen del corazón  y no podía creer que le llegaran tanto. Desde aquel entonces,  se dio cuenta que aunque parezca imposible, es más sencillo de lo que la gran masa dormida cree. Para estar iluminados por ese sol divino que todo lo cubre, no hay que hacer mucho más que eso, tomar la decisión de exponerse  y caminar, llenos de fe,  sabiendo que todo va a estar bien. En todos los ámbitos de la vida, para cada pie hay un zapato, es ley.

 

FIN

 

P.D.: Estimado lector, debo admitir que en este relato utilicé una mentira para que sea más creíble y pido perdón. Las botas en realidad no eran de la marca Salomon, sino que eran marca Merrell 🙂

Quizás quieras leer esto también...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Los precios de los E-books están expresados en Dólares Americanos Descartar