Ovejas negras, el tiempo de la conciencia

Como el momento del encuentro no podía ser exacto, entonces tuvo que ser relativo. De a poco fueron llegando a la cita los distintos integrantes de aquella numerosa familia, rodeando la antigua y rustica mesa rectangular del comedor.

El papá, como siempre, ocupaba la única cabecera disponible, la otra por reglamento interno nunca podía ser usada. Todos, cual piezas de ajedrez, ya tenían asignados sus casilleros fijos en el tablero antes de iniciar la partida: por eso el rey no podía estar en el lugar de los alfiles.

Nadie tenía bien en claro el motivo de la reunión, y verdad que no había un clima solemne, sino que el ambiente era más bien relajado. Unos tomaban mate, los otros café y compartían unas galletas de agua. No había niños en la sala, también era parte del reglamento no escrito: estaban todos jugando tranquilos en el patio.

Pocos, e incontables, minutos después de que el sol se escondió detrás de la pared del galpón, el anfitrión entendió que era el momento pactado previamente y que la “ceremonia” debía empezar, pese a que una de las sillas estuviese vacía: faltaba uno de sus  hijos menores y no era una novedad.

Don Julio carraspeó un poco, como para llamar la atención de los presentes y dar a entender el inicio. Cuando tuvo todas las miradas sobre sí, sin decir una sola palabra, señaló la pared que tenía frente a sus ojos, la misma que delineaba la frontera entre el patio y la casa. Todos pensaban que señalaba algo del exterior, por eso miraron a la altura del ventanal, pero no. Él quería que miren para arriba. Más precisamente a la mitad de distancia entre el techo y el marco de la puerta de vidrio. Justo ahí estaba el único reloj de la casa.

No era muy viejo, ni estaba en mal estado, aunque hacía más de un año estuviese detenido y no por un problema mecánico, sino por uno de energía: desde que se le acabó la batería nadie fue capaz de cambiarla y a partir de ahí se desataron un sin fin de desencuentros dentro de la vida hogareña.

Quizás en un futuro, por esas cosas mágicas de los avances tecnológicos, cada quien tenga un dispositivo portátil que le señale la hora, pero en este presente, sin la hora de aquel reloj cesante todos habían perdido la referencia del tiempo, por eso comían a cualquier hora, llegaban muy tarde o muy temprano a su trabajo, y entre otras cosas tampoco había regularidad entre la toma de una pastilla y la otra para los que estuviesen bajo algún tratamiento médico. Por eso, desde aquél fatídico momento del día 18  de septiembre del año pasado a las 7:25 con la aguja del segundero detenida en el 9, todo empezó a tender al caos.

No hicieron falta palabras explicativas de Julio para que se sepa de que iban a hablar, porque aunque nadie hiciese nada para revertir la situación, todos sabían que había algo en la convivencia que no fluía bien. Algunos no tenían nada para decir, porque tomaban la situación como algo natural e irreversible, es decir que su inacción al respecto no era por desidia, sino por ignorancia. Pensaban, sin saberlo, que al pozo había que aceptarlo y no andar intentando trepar.

Julio empezó a mirar a cada uno de los miembros de su familia haciendo un gesto como para que  empiecen a decir algo al respecto. Lo primero que se empezó a escuchar fueron comentarios que no saltaban al centro de la mesa, sino que giraban en voz baja alrededor de la misma. Un gran número de los presentes empezó a echarle la culpa de todo al reloj… «esa porquería que dejó de andar», «esto pasa por comprar cosas chinas», «estoy cansado de comer a cualquier hora», «ya no se puede confiar ni en la hora en la que sale el sol, esta semana llegué todos los días tarde», etc.

Ramón, uno de los mellizos, sí tuvo algo en su boca con lo que dar inicio en serio al debate, reforzando con sus dichos lo que el resto de la familia pensaba acerca de él y su hermano. Ambos llegaron al mundo cuando nadie se lo imaginaba. Ni Julio ni Sandra los esperaban, ni mucho menos los buscaron y verdad que los agarraron bastantes cansados. Por eso es que tienen una cabeza y unas estructuras tan distintas al resto de sus hermanos y se dice de ellos, medio en broma, medio en serio, que viven en una realidad paralela y que son adoptados.

– A ver, pensemos un poco. Es tan noble ese reloj que, pese a no funcionar, igual sirve: ¡nos da exactamente bien la hora dos veces al día!… ¿no es increíble? – dijo sin ironía alguna y la remató agregando… -Es mucho más útil que muchos de nosotros. Hay que dejarlo ahí tal como está y reflexionar sobre su enseñanza…

Algunos se mordieron el labio inferior dibujando un “no” en el aire con la cabeza, otros aguantaron la risa y Julio sin decir nada, pero preguntándose en que había fallado, con el codo sobre la mesa recostó el peso de la cara sobre su mano, apoyando la frente sobre la palma y con los dedos simuló una tijera imaginaria sobre sus cabellos.

Afortunadamente Mariana, la más fría y calculadora de los presentes, se esmeró para llevarse rápidamente de la mesa ese comentario y lo hizo como anticipándose por unos meses a la tesis que debía rendir para recibirse de licenciada en economía:

– Supongamos que el margen para estar en hora es de más menos 5 minutos…

Como varios pusieron cara de no entender, tuvo que usar más palabras para explicarse…

– ­Es decir que si son las 15:15 y te dicen que son las 15:10 o las 15:20 es bastante acertado el dato y por ende sirve como referencia para saber en qué momento del día estamos… – dijo mientras vio como las caras ponían gesto de entendimiento. – Ahora bien, el día tiene si mal no calculo 1440 minutos y siguiendo la teoría de Ramón, fusionándola con este margen que nombré, este aparato solo funciona bien 20 minutos de 1440 posibles. Es decir que tiene un rendimiento muy bajo, por eso no sirve. Yo opino entonces que es en vano que esté ahí colgado: Hay que reemplazarlo por un cuadro de los que pinta la tía.

Mientras varios de los supuestamente cuerdos empezaban a asentir, Ramón nuevamente lanzó una frase que terminó de confirmar lo que se decía de él y, por añadidura, de su hermano.

– Hagan como quieran, me da igual, total el tiempo no existe…

Esa frase trajo momentáneamente más desorden en la sala que el parate del reloj a sus vidas. Sin quererlo el bullicio se hizo cargo de la escena y todos empezaron a hablar con diversos grados de tonos descalificadores acerca de esa parte de la familia tan distinta al resto, olvidando el motivo de la reunión, por ende nadie decía como volver a recuperar la noción del tiempo.

Fue tal el alboroto que se armó que nadie vio que Diego, el otro mellizo, entró a la sala y sin sentirse raro por estar ajeno al griterío, ni mucho menos por parecer invisible, agarró una escalera y la puso justo frente al ventanal, debajo del bendito reloj.

A todo esto, el bullicio se fue transformando en discusiones desordenadas, con reproches anacrónicos entre los distintos miembros de la familia acerca de porqué eran así los mellizos. Algunos querían buscar culpables de una buena vez acerca de esto e incluso dejaban leer entre líneas el reclamo de acciones concretas para revertir su forma de ser.

Ya nadie estaba sentado, aunque seguían ocupando las posiciones en la mesa. Ramón, el único que había visto entrar a su par, sin decir ni una palabra se paró al lado de su papá y le empezó a tocar el hombro con su dedo índice derecho. Julio, de lo encendido que estaba defendiéndose del reproche  de una de sus hijas, no respondió a los 5 primeros dedos clavados, hasta que aterrizó…

– ¿Qué? ¿Qué Querés? ¿No ves que estoy hablando con Ludmila? – dijo con voz enojada.

Ramón que esa tarde solo usó sus palabras para encender la polémica, sin abrir la boca señaló a su hermano que ya tenía el reloj en las manos, estudiando su parte trasera.

– ¿Qué estás haciendo hijo? – preguntó Julio con tono de asombro, sintiendo que una vez más se enfrentaba a una situación en la que debería defender a sus hijos menores para que no se mofen de ellos…

– Nada, estoy cambiando la pila del reloj. Justo hoy tomé conciencia de que no andaba… ¡vaya a saber uno hace cuánto!… ¿ustedes se habían dado cuenta?

FIN

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