Nuevo mandato

Justo el mismo día en que se cumplían 105 años de lluvia ininterrumpida, el pueblo estaba en las calles vitoreando al nuevo presidente que se dirigía al acto de asunción. Él saludaba feliz y agradecido desde el ampuloso auto descapotable, mientras pasaba por la avenida principal que estrenaba nuevo techo vidriado. Como ya es parte del protocolo, el recorrido lo hizo encadenando las principales calles techadas, que fueron adornadas para la ocasión.
El nuevo mandatario llegó al poder luego de arrasar en las urnas, sin ser muy claro en su plan de gobierno. Sus promesas de campaña eran ambiguas y nunca ejerció un cargo público, ni siquiera ha triunfado en sus negocios personales, pero su gran carisma sirvió para cautivar al electorado. No prometió paraguas para todos, ni nuevos sistemas de desagües, tampoco habló acerca del rumbo de la empresa nacional de botas y pilotos. Aparentemente la lluvia no era un tema para él.
Recibió la banda presidencial y salió al balcón para dirigirse a la multitud que lo esperaba en la plaza. Del techo de la misma se habían colgado cientos de banderas de bienvenida y se respiraba ambiente festivo.
Tomó el micrófono inalámbrico y rompiendo con todo el protocolo, incluso escabulléndose de los guardias, salió de la zona vidriada y se expuso a la lluvia. Desde allí, todo mojado, dio un discurso encendido que nadie festejó.
Nunca antes se había escuchado un silencio tan grande en la historia del país. ¡Hasta la lluvia hizo silencio sin dejar de caer!
Al terminar de hablar sonrió y se fue rumbo a su nuevo despacho, donde se reunió con todos sus ministros durante 12 horas consecutivas. Al final de aquella jornada tomó su birome de oro y puso la firma en lo que sería su primer decreto, titulado “UN SUEÑO”.
Cumpliendo con lo que dijo en aquel inolvidable discurso, alejado totalmente de cualquier tema hablado en la campaña electoral, el nuevo presidente obligó, amparado en la ley, a todos los habitantes de la república mayores de 15 años a presentar un sueño por escrito.
En todo el país, casa por casa, se repartieron hojas, lápices y sobres que debían ser enviados a casa de gobierno.
El reglamento decía que:

* El sueño si o si debe venir del corazón.
* No debe dañar a nadie.
* Preferentemente no debe ser material.
* Tiene que tener un objetivo claro.
* No puede ser pequeño, ni tímido.

El plazo de entrega era de una semana y llegaron sobres desde todos los puntos del país. El salón principal de la casa de gobierno se convirtió en un gran buzón con millones de cartas.
Se tardó más de dos meses en revisarlos y el resultado fue increíble. Mas del 70% de los sobres llegó en blanco, el %27 no cumplían las reglas, eran sueños pequeños, vacios: se repetían de a miles los anhelos de un nuevo paragua, de una nueva butaca para el trabajo, algunos pedían una 4 x 4 usada sólo para dar vueltas por la plaza de su pueblo, etc. Solamente un 3% de la población mayor de 15 años sabía cómo soñar.
El análisis de la situación fue de una gran tristeza para el mandatario y su gabinete que de a poco empezó a entenderlo y sentir la causa como algo de verdadera importancia nacional.
El presidente se ensimismó y pidió quedarse solo en su despacho hasta nuevo aviso. Al salir, luego de dos días, tenía entre sus manos un nuevo decreto.
Ahora quienes debían mandar sus sueños eran los menores de 15 años. Si un bebé ya sabía hablar con fluidez también debía participar. En los casos de que el menor no sepa escribir aún, sus padres o tutores debían redactarlo por ellos.
Luego de unos meses se conocieron los resultados de este nuevo pedido y fueron totalmente distintos a los anteriores: El 85% de los sueños cumplían con lo pedido, es decir que los niños sí saben cómo soñar. Iban desde ser astronauta para ir a traer estrellas para su mamá, hasta ser el mejor arquitecto del mundo para construir un paragua que tape a todo el país, o que a ningún niño le falte una pelota de fútbol para salir a jugar todas las tardes en las canchas de cemento, etc.
Al leer estos resultados en su despacho, el presidente recuperó la sonrisa. Súbitamente encontró una luz de esperanza. Levantó el teléfono y ordenó que le preparen la sala de conferencias para dar una cadena nacional.
–Querido pueblo, estamos atravesando una de las realidades más duras como grupo humano… ¡no sabemos soñar! y sin sueños no podemos crecer, ni como nación ni como personas ¡no hay nada que despierte más que soñar con los ojos abiertos! – los suyos empezaban a cristalizarse y su voz a ahogarse – Yo no quiero en mi patria un solo ciudadano que crea que no puede tener ni merecer sueños ¿Cómo puede estar el universo en contra de que alcancemos lo que soñamos si no le estamos haciendo mal a nadie? ¿Cómo podemos dejar que los miedos nos hagan caminar toda la vida las mismas calles en blanco y negro, sin que se nos escape, ni por error, una sonrisa? – La lluvia en ese momento se volvió más intensa que nunca y su voz iba ganando en altura – El mundo está lleno de calles y les juro por la memoria de mi santa y soñadora madre, que todos podemos tener un sueño del corazón que nos lleve a la gloria de disfrutar de estar vivos. A vos te digo – miró fijo a la cámara – ¿Cómo podés ser tan cruel con vos mismo de no permitirte tener un sueño? ¿Cómo vas a creer que no sos digno? ¿estás loco? – su voz se quebró y su modo coloquial nunca se escuchó en la historia política mundial – ¿Cuándo vamos a despertar a los sueños? ¡CREÉME QUE VOS LO MERECÉS! –dijo ahora en un tono de quien está peleando contra un sindicato. – ¿Cómo vamos a creer que los sueños son sólo para otros y que la vida es la aburrida rutina de decretar a diario que la plata nunca va alcanzar y que estás predestinado a trabajar 20 horas por día en algo que no te gusta, sin poder animarte a hacer otra cosa? – el rating de la transmisión estaba trepando a picos históricos y detrás de las pantallas se contaban de a millones los nudos en las gargantas y las lágrimas incipientes. – Háganme caso, ganen tiempo, denle un sentido verdadero a su vida antes de que sea tarde, ¡anímense a soñar! – dijo con el último resto de voz y saludo con la mano…

Pocos días después de este discurso, sin tener que recurrir a un decreto porque contaba con toda la aprobación del congreso, lanzó un plan nacional para aprender a soñar. En todas las ciudades se organizaron comunas y se empezaron a dictar clases de cómo aprender a hacerlo. Muchas de ellas estaban dictadas por niños, que son los verdaderos catedráticos del tema.
Durante varios meses los adultos tuvieron clases que, si bien no eran obligatorias, tenían un presentismo perfecto. En gran parte de los casos se hacían ejercicios donde debían volver a ser niños para permitirse la fascinación y las creencias en la magia que nos envuelve a todos los que nos atrevemos a los sueños.
En todos los pasillos del país se empezaba a respirar otra energía. La masa estaba empezando a despertar, a escuchar más a su corazón que a sus miedos. Por aquellos días, la venta de alcohol descendió a niveles sin precedentes en todo el territorio.
Los sueños estaban tomando las calles: en los bares, salas de esperas, en los recreos, ¡incluso en las cárceles y geriátricos!, todos hablaban de sus sueños, y el presidente entendió que era un buen momento para hacer nuevamente el censo.
Esta vez los sobres tenían dentro un cartón blanco, que de un lado tenía impreso la frase “yo me animo a soñar que…” y del otro lado los renglones para escribir.
Había gran expectativa en la casa de gobierno y el presidente veía entrar desde su balcón los camiones del correo llenos hasta el techo. Para dar los resultados anunció una conferencia de prensa por la noche.
Salió con una sonrisa grande como un arco iris, sus ojos parecían contener llamas de un fuego sagrado. Lleno de felicidad, con la sensación del deber cumplido, anunció que su pueblo había aprendido a soñar y presentó su renuncia indeclinable. Al otro día después de muchos años, en aquella república, salió el sol.

FIN

 

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