Los indignados

Un adolescente venia tomando una gaseosa por la calle y al terminarla decidió tirar el envase al suelo. Un conductor que venía en coche, hablando con su móvil, al ver esto se indignó, sujetó el teléfono entre el hombro y la oreja, y con ese mismo brazo bajó la ventanilla para insultarlo por semejante acto mientras seguía manejando sin mirar para adelante. Mientras, Juan, que estaba agachado levantando dinero del suelo que se le había caído a una persona delante suyo y nunca pensó en devolvérselo, vió la acción de este chófer y le hizo señas obscenas para condenar su actitud. Detrás suyo venia un empresario de mucho dinero que tenía a todos sus empleados en negro y que acaba de echar, solo por ajustes de la empresa, a un padre de familia sin pagarle un duro de indemnización, que dijo al pasar delante de Juan:

– así está el país por gente como esta…

Un ex empleado suyo, que ahora es vendedor ambulante y venía de estafar a una pareja de inocentes abuelos vendiéndole electrónica que no funcionaba y encima robándolos en el vuelto, vió a su ex patrón caminando por esa vereda y al cruzarlo le dijo:

– ¿Cómo es posible que camines así tan tranquilo por la vida sin problemas de conciencia?

Este ni se gastó en mirarlo y siguió su andar. Mientras el hijo de otros jubilados estafados por este vendedor, a quien había buscado por toda la ciudad, empezó a insultarlo con violencia sentado desde su coche estacionado en la calle tapando la rampa para discapacitados.

Afortunadamente el caso no llegó a mayores. A todo esto, el adolescente que arrojó la botella siguió su andar sin percatarse de todo esto y al llegar su casa, luego de juntarse a jugar a la playstation con sus amigos, ardió de bronca por que su hermana, que trabaja incesantemente todo el día, no había levantado la mesa, ni había lavado los platos y la casa era un caos total, casi inhabitable para gente civilizada…
Lamentablemente así nos movemos muchos por la vida: tenemos gran facilidad en juzgar lo que hacen los otros, y nos llenamos de autoridad moral para emitir juicios y condenas. Hasta pareciera que disfrutamos de estar indignados usando la lupa para mirar al del al lado, pero no somos capaces de usar un espejo para ver lo que estamos haciendo nosotros e intentar un cambio desde nuestra jurisdicción. Desde pequeños aprendemos que siempre es mejor tercerizar la culpa. ¿Para qué gastar energía asumiendo errores propios? No vaya a ser cosa que un día todo cambie y ya no haya de que indignarse. Sería muy aburrida la vida así, teniendo que ocuparnos solo de nuestras conductas, ¿no?

FIN

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