Laberintos

La cabeza la sentía como si un hachador del bosque se la hubiera confundido con el tronco de un árbol. Le latía y le dolía. Pudo contener las náuseas, pero el desequilibrio del mareo lo obligó a sentarse en el banco de hormigón más cercano que encontró en aquella plaza.
El otoño cumplía al pie de la letra su misión con los árboles y el suave e intenso viento, cargado de frío, desparramaba las hojas por todo el “salón”. La suave lluvia no alcanzaba a mojar aunque igual se hacía notar.
Ni se dio cuenta que tenía “compañero” de asiento. A su derecha, con las piernas cruzadas, sin calzado, un blazer hediondo y lleno de agujeros estaba, como esperándolo, el linyera del pueblo.
Quizás sea por los años en la calle, quizás sea porque está socialmente sentenciado a mirar, a ser un gran espectador atrás de la vidriera de la vida “normal” que todos llevan, que aprendió el arte de observar. No era uno de esos que ven sin mirar, no no, él podía ver lo que está ahí en todo momento. Quizás también por ver demasiado es que eligió no ser parte y quedarse en la plaza.
Puso su mirada a la izquierda, sobre su compañero de banco ocasional y se rascó la barbilla con la mano unos cuantos segundos. Cuando sus miradas se encontraron empezó a decir en voz alta:
—La vida es una encadenación infinita de laberintos que tienen más de una salida ¿sabés? —sus gestos eran serios mientras sus ojos se perdían desenfocando en el horizonte — A medida que van pasando los años vamos de laberinto en laberinto. Algunos encuentran las salidas rápido, otros no tanto. También están los que siguen encerrados hace años en el mismo de siempre. Hay muchos miedosos que ven una salida pero no se atreven a cruzarla por temor al próximo… ¡no saben nada de la vida! Están yendo en contra de la regla numero uno de este juego… Cuando nacemos, en las instrucciones lo dice claro “la vida es una encadenación de laberintos…” se suceden uno tras otro. Ir en contra de eso es como no aceptar que la nieve es fría, o que el sol quema… una pérdida de tiempo total. — dijo, con lágrimas en los ojos por un recuerdo doloroso, quien a vista de todos parecía haberlo perdido todo ya.
El ruido del caño de escape de una pequeña moto pasada de revoluciones los sacó del trance. Tragó un poco de saliva y siguió
—Los laberintos te van capacitando. Sólo algunos torpes vuelven a perderse en el mismo. Rara vez haya unos más difíciles que otros. En el fondo todos se parecen y tienen la misma lógica. Los laberintos no cambian, lo que cambia es la gente que los transita y su actitud. Están los que se enojan, los que se asustan, los que reniegan de andarlos, los que piensan que es imposible salir y tienen la cabeza como si le hubiesen dado un hachazo, — miró a su izquierda y guiñó un ojo, mientras seguía—pero también están los que lo hacen con serenidad, ¡hasta van tomando un mate mientras buscan una salida! Yo no me explico cómo hay gente que hoy día los sigue padeciendo, si son lo más normal de la vida. Tendrían que tomarlos todos como hacen los niños, como un juego. Disfrutar de la adrenalina de estar jugando a encontrarle la vuelta al asunto. ¿Para qué sufrirlos si hasta el día que se mueran van a estar dentro de uno? Una vez una hermana me enseñó algo que nunca voy a olvidar… “de los laberintos se sale elevándose”, y por lo que veo vos tenés los pies muy pesados ahora para eso je — dijo sonriendo irónicamente — Mirá, aunque no me lo pediste te voy a dar un consejo: cambiá de laberinto, dejá de dar vueltas en este, asumí que ya no es negocio para tu felicidad, buscate otro a tu medida. Hace años que estás perdido, ya es hora de encontrarte. La salida sólo la podés hallar vos. Lo que sí, nunca olvides que vas a salir de este y vas a entrar en otro —terminó diciendo con tierna voz de padre que da una lección a su hijo.

—La vida es una encadenación infinita de laberintos —repitió el otro por lo bajo, sonriendo como quien acaba de entenderlo todo, empezando a ver una salida mucho más cerca de lo que pensaba.

FIN

 

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