La zona del milagro

Para que no sea aburrida y carente de emoción una aventura, es fundamental que no todo salga al pie de la letra de lo planeado, y quien está entregado a las circunstancias de un viaje lo sabe de sobra.

Rome, un viajero como tantos, se encuentra ahora en una encrucijada. Debe avanzar unos cuantos kilómetros en su camino para llegar al encuentro de un hermano del corazón, al que solo verá un par de días en una intersección corta de los viajes de cada uno. En la casa donde lo alojan ahora ya le habían avisado que sólo pueden ayudarlo hasta mañana, así que sí o sí debe partir, más aun, teniendo en cuenta el encuentro al que quiere llegar..

El problema está en que mañana hay paro nacional de transporte por tiempo indeterminado: ni buses, ni camiones andarán por las rutas y el pueblo donde está no es turístico. Difícilmente alguien salga en su auto a hacer un largo trayecto como para hacer dedo, así que tendrá un muy bajo caudal de potenciales “taxistas ad honorem”. Tampoco pudo encontrar en internet alguna persona que lo aloje en alguna de las ciudades intermedias y mirando su billetera recordó que no está en condiciones de pagar un hotel.

Quien viaja creyendo, pese a siempre caer parado como los gatos, pasa por pequeños lapsus de pérdida de fe: hay momentos en que la energía se fuga… el pesimismo encuentra un camino para entrar en nuestro ser, pararse en la plaza principal y empezar a dar su discurso de derrota. Lo más triste que muchas partes nuestras se detienen a escucharlo. Pero por suerte, otras partes, otras voces, que nos brotan desde adentro también, nos hacen despertar y recordar que somos poderosos. La energía vuelve a crecer y la esperanza nuevamente toma la plaza…
Rome renueva la conciencia de que está en lo que denomina: LA ZONA DEL MILAGRO… Uno va caminando tratando de no tener que llegar hasta esta instancia, pero el viaje (la vida) te va llevando.

Esta zona es una especie de sala de espera, donde uno al agotar todos sus recursos, tratando de domar la ansiedad, debe quedarse a la expectativa: finalmente el milagro va a suceder. No falla entre los que creen, mantienen su fe en un nivel alto y son claros al pedir al universo.

El reloj no es un buen aliado en estos momentos y mirarlo produce nerviosismo. Rome decidió salir a la ruta bien temprano para ver si lograba hacer dedo. Se despidió como siempre con un gran abrazo con quienes lo alojaron con el corazón, se despidió del pueblo agradeciéndole mentalmente el haberle permitido estar en él y salió caminando con su mochila.

Por suerte el sol brillaba a más no poder arrancando sonrisas sin pedir permiso, predisponiendo a todos a tener un mejor día. Aún así, de los pocos vehículos que pasaban por la ruta, ninguno lo levantaba. Como no tenía donde dormir, su pedido al universo era llegar de un solo tiro hasta la ciudad del encuentro con su hermano, aunque sea un trayecto de casi mil kilómetros. Para sentirse más cerca de llegar, decidió caminar en dirección al destino. Las horas pasaban y nadie frenaba. Ya tenía el pelo duro de la tierra que volaba, los pies ardientes y la energía baja. No le quedaban canciones por cantar, ni muchas sonrisas por dar. Le dolían las piernas y decidió sentarse. Tiró su mochila en el suelo para usarla de asiento y apoyó su espalda en unos de los carteles viales.

Aunque había luz, la luna ya se mostraba y no era un buen augurio. Levantando la vista vio que en el horizonte aparecía una estación de servicio y se sintió aliviado: podría dormir si le daban permiso y comprar algo barato para comer. Llegó hasta ahí con el último esfuerzo y habló con los empleados. Estos le dijeron que ocupe una de las mesas más apartadas del salón, consuma algo y que cuando no haya nadie, disimuladamente, concilie el sueño. Así lo hizo y como si fuera un estudiante que debe prepararse a la noche para rendir un examen, se quedó dormido sobre la mesa.

El pesimismo había encontrado un nicho y lo dejó agotado. La angustia por el paso de las horas y el miedo a no llegar a tiempo al encuentro, también entraron en juego. Pasadas unas horas, unos golpes de mano en su hombro lo sacaron de los brazos de Morfeo. Era el guardia de seguridad de la estación pidiéndole que por favor se despierte: el encargado estaba por llegar y podía traerle problemas si lo hallaba dormido allí. Rome se enderezó y sintió su espalda dolorida.

Aunque estaba bajo de ánimo sabía que tenía que revertir la situación. Una voz interior le recordó que estaba en la zona del milagro.

Decidió lavarse la cara y empezar a preguntarle a los autos que frenaban para cargar combustible si podían llevarlo. Los primeros intentos fueron fallidos. Intentaba sonreír pero no le salía muy bien. Pasadas unas horas, ya cerca del mediodía, frenó para llenar su tanque un pequeño auto con un matrimonio joven y su pequeño hijo. Rome se acercó al conductor, le explicó tímidamente su situación y le pidió si por favor podía llevarlo. El hombre miró a su mujer, lo miró a él y le dijo:

-Mirá, nosotros justo vamos para esa ciudad, pero tenemos que ir antes para otro lado a hacer unos trámites, así que dejame ver y te digo. Quedate por acá cerca así cualquier cosa te aviso, pero no te prometo nada – Dijo con vos poco creíble.

Rome sintió que estuvo cerca de lograrlo, pero que ellos no iban a llevarlo, aunque el hecho de encontrar gente que vaya al mismo destino que él le sirvió para recobrar la fe: era posible que alguien vaya y lo lleve.

Había pasado casi una hora desde esa charla y decidió sentarse un rato a descansar para luego seguir intentando. Estaba ensimismado cuando una bocina lo sacó del trance. Levantó la mirada y vio al hombre del auto que le hacía señas para que se suba: el milagro, una vez más, había sucedido.

Ya en viaje, habiendo entrado en confianza con la gente que lo llevaba, le confesaron que en realidad no debían hacer ningún trámite en otra ciudad, solo querían decidir en privado que hacer con él, porque nunca habían llevado a viajeros, pero en este caso ambos sintieron que tenían que hacerlo y por lo visto su bebé también lo sintió porque no paraba de sonreírle. La magia del camino había actuado de nuevo.

Rome miraba por la ventanilla del asiento trasero como pasaban los postes de luz y recuperó la sonrisa. Mientras… reflexionó: es fácil no creer en la medicina cuando no te duele nada, es fácil creer en la magia cuando todo brilla. Para ser un verdadero mago del camino debe aprender a no renunciar a su fe en ningún momento, creer en la luz estando en la oscuridad y saber que si su corazón está expuesto y puro, siempre saldrá victorioso de la zona del milagro… Es ley en la vida y en los viajes, aunque no esté escrito en ningún lado.

FIN

 

zona

 

Estas historias relatan las aventuras de un viajero. Para entenderla mejor, es recomendable leer solo este capítulo antes: INVITACIÓN A SOÑAR

 

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1 Response

  1. hijo espero con todo mi corazon que tu magia te lleve a que puedas cumplir el sueño de poder editar tu libro te amo con todo mi ser besos

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