La vida

Si la vida no es verdaderamente como creo que es, entonces, para ser sincero y coherente, preferiría no vivirla…

Suena el despertador, el sol todavía no sale. Dormir menos de 6 horas por día no me está alcanzando. Corro el micro, llego al tren, me convierto en jugador de los All black para poder subirme, llevo al menos 4 codos clavados en las costillas, preferiría que en este tramo de una hora no me funcione el olfato, me pica una pierna pero imposible llegar a rascarme, no hay lugar para que mueva los brazos. Me bajo, todos a mi alrededor son maratonistas que corren autistas con los auriculares puestos, lo único que entra por los oídos son sirenas y algún martillo neumático que está rompiendo el asfalto. Llego a la oficina, nadie esboza una sonrisa, hace tiempo nadie acaricia ni por error a la felicidad. Las noticias no paran de hablar del aumento de las cosas y la distancia que me separan de ellas son cada vez más grandes, me angustio. Mi jefe me tiene de punto y parece haber olvidado todos los buenos modales al hablarme. Mi pareja me manda un whatsapp contándome que llegó la nueva cuenta del gas y que mi hija no levanta en matemáticas… La puntada en la sien y el titilar en mi frente no creo que sean buenos síntomas. Encima hoy es lunes, me quedan 4 días mas así esta semana hasta que empiece la otra…

¡Paren todo!, ¡paren todo! ¿Esto es la vida? ¿Hasta cuándo? Ya ni los “findes” de semana alcanzan, porque a poco de empezar los sábados vuelven los lunes y así se va la vida.

Creo con toda mi alma que la vida es otra cosa, que va por otro lado. Nada puede “valer la pena”, ya no quiero más penas. Las estructuras no son antinucleares, ni antisísmicas; se pueden derrumbar, se pueden atacar, se pueden mover.

Nadie tendría que usar un despertador, ni entregar las mejores horas de su día exclusivamente a conseguir dinero a costos altísimos, ni sufrir por no llegar a fin de mes, ni dejar de sonreír, ni convertirse en un zombi adicto a los fármacos, clínicas y hospitales.

Los psicólogos del mundo no alcanzan a cubrir la demanda de todos los que están buscando la forma de encajar porfiadamente en este modelo ilusorio que nos vendieron por vida, renovándole contrato a diario, eternizándola.

Triste pero real, mucha gente vive, llena de “buenas” excusas, en la zona de la tibieza. Creen que la vida es de una forma, pero la viven de otra, muy respetuosas del miedo impuesto.  También están quienes creen que todo está mal, que la vida es para sufrir y dedican toda su energía a corroborarlo a cada paso. Al menos no son tibios, actúan con coherencia.

Me van a tener que perdonar, pero si la vida no es poder disfrutar de lo simple; saber del color del cielo; sonreírle al sol; saber la fecha en la que sale la luna llena; dedicarle las mejores horas del día a lo que me hace feliz; disfrutar de los abrazos; estar riéndome porque sí;  faltarle el respeto a los problemas, sentir que la felicidad verdadera se puede alcanzar, al igual que los sueños y las cimas; poder escuchar a mi cuerpo y dejarlo reposar cuando lo necesita; darle lugar a los sentimientos; sino es comprobación de que todos merecemos lo mejor y que somos abundantes, sino tengo más que 20 minutos para comer, sino es libertad a los 4 vientos, sino es música, sino es escuchar al corazón, entonces, verdaderamente preferiría no vivirla. Debiera ser lo lógico.

Pero si en un costado, al menos chiquito y lejano de tu cuerpo, te late que la vida va por otro lado, no seas tan cruel de vivir en la incoherencia y dejar pasar los días que ¡los meses y los almanaques corren deprisa! Hay que saber dejar pasar los trenes de la infelicidad, reconocer los fracasos de las engañosas leyes existenciales que nos rigen y empezar a vivir acorde a la propia verdad.

Reitero entonces, si la vida no es para ser felices y disfrutarla, dedicándole mi existencia a comprobarlo, si la vida no es verdaderamente como creo que es, entonces, para ser sincero y coherente, preferiría no vivirla ¿y vos?

FIN

 

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