La pelea del siglo

Un día vas caminando, preocupado en cómo resolver de nuevo aquel viejo problema, que en realidad no te pone mal en sí, sino que lo usas de excusa para enojarte por otro motivo que no te animás a resolver.

Venís ensimismado, cuando de repente dos hombres, que no identificás, se ponen a tus costados, y sutilmente te meten en un pasillo largo, donde hay tribunas llenas de gente que gritan desaforadas. Muchos cantan tu nombre. No entendés nada. Hay muchas luces y flashes de cámaras que te pegan en la cara, que no te dejan ver bien, pero seguís caminando, bah, en realidad te están llevando. Uno de los que te acompaña te pone un protector bucal y te das cuenta que ahora vestís bata deportiva y guantes de box, mientras te guían a un cuadrilátero.

El desconcierto no cesa de crecer y el griterío no ayuda. Te empujan al ring y ponen un asiento en tu esquina. Arriba del cuadrilátero hay mucha gente y ves que hay alguien en el otro banquillo donde se sienta el contrincante, pero no lográs ver quién es.

Se acerca gente y te da directivas al oído, pero no terminás de entender nada de nada. No sabés que haces ahí, ni que hace alguien dándote masajes, ni por qué tendrías que pelear contra un no sé quien, ni el motivo.

Lo primero a que atinás es a pararte para irte y te sientan de nuevo. Buscás con la mirada alguien que parezca sensato para pedir explicaciones pero están todos muy acelerados, nadie te presta atención. De repente la gente que invadía el ring empieza a bajarse y lográs ver a tu oponente. Un escalofrió te hace temblar: sentado al otro lado está ¡tu miedo! Ese que te frena los sueños, que no te deja conectar con tu esencia, el que te paraliza, el que te hace llevar una vida sin sabor, sin sonrisa y no te permite intentar una nueva.

Acabás de entenderlo, estás en el ring para combatir a tu peor enemigo: ¡al miedo! Entrenado y alimentado por vos ejerciendo un “instinto paterno”. Lo viste e hiciste crecer, le diste de comer, lo educaste, le marcaste unos pocos límites y lo tenés viviendo en tu casa, se acuesta y se levanta con vos. Es además un “amigo” fiel que te acompaña a todas partes.

No tenías ni planes, ni valor de enfrentarlo, pero la vida los puso frente a frente. Ya no se puede escapar.
Suena la campana y los convocan al medio. El juez da unas instrucciones y no podés mirar a tu oponente a los ojos.

Ponés las manos para que te las choque sólo por inercia. Cuando te querés acordar ya empezó el combate.
En el primer round estás desconcertado, no sabés ni como cerrar el puño, ni cómo hacer la defensa para oponer resistencia. Te llueven manos por todos lados. Tu miedo te está dando una lección de box y cuando parece que te está por noquear… te salva la campana.

Volvés a tu rincón con sangre bajo un ojo, mareado por la situación y por los golpes. Te sentás y unas lágrimas se te caen. Sentís que tu miedo es un monstruo de tres metros de alto por dos de ancho.

Suena la campana de nuevo y no querés pararte. Te agarrás de las cuerdas con los brazos extendidos, hacés palanca con las piernas, pero te empujan y salís a escena de nuevo. Arrancó el segundo round.

Tu miedo te pega y sonríe socarronamente. De pronto por un acto de reflejo le das un muy buen golpe y de puro inocente temeroso le pedís perdón. Cuando este se acomoda para volver a la carga, vuelve a salvarte la campana.
Volvés temblando a tu asiento, y por primera vez empezás a entender algunas de las instrucciones que te dan, aunque no sabes quién te lo dice. Su voz es parecida a la tuya. Sentís como un despertador que vibra dentro tuyo y para tu propia sorpresa te dan ganas de que empiece el próximo round… ¡Suena la campana!

En los siguientes rounds vas lleno de confianza a pelearle a tu miedo, que ya perdió la sonrisa. Aprendiste a esquivarle algunos golpes y a devolverle otros tantos. La pelea estaba emparejada: de los dos, vos sos el que ahora se ve más entero.

Cuando el noveno asalto se terminó, al momento de ir a sentarte podes enfocar y visualizar bien a tus asistentes: ¡sos vos mismo! Todos los que te están ayudando son partes tuyas, que te alientan y motivan. Es lógico: no precisás a nadie más que a vos para vencer a tus monstruos, a tus miedos ilógicos.

Te recordás al oído todo el daño que el miedo te provocó en tu vida y te enfurecés. Ya no querés gastar energía en pelearte con vos mismo acerca de porque lo alimentaste y le diste tanta entidad. Eso ya es un hecho y ahora sólo queda terminar con el problema.

Por primera vez buscas desde tu asiento los ojos de tu rival y este te baja la mirada. Hasta notás que está solo: ya nadie lo acompaña en su rincón y ahora la sonrisa cambió de dueño.

Suena la campana y arranca un nuevo round. Salís como un toro a buscarlo y le das una tanda veloz de golpes. Él tira algunas manos que te impactan pero curiosamente ya no duelen. El monstruo no medía tres metros, ni tenía tanta fuerza como creíste durante largo tiempo. Ahora lo tenés delante de vos, flaqueando y sentís que es el momento… cerrás tu puño izquierdo, te arqueas para darle recorrido al brazo y ¡ZAZ! lanzás un golpe de liberación que da de lleno en la cara del miedo, desplomándolo en la lona.

Lo ves ahí tirado sin poder sacarle los ojos de encima, te sonreís y lloras a la vez. En menos de un segundo todo tu equipo (o seas vos mismo) te levantan en andas con los brazos en alto: la gente canta y vitorea al nuevo campeón.

Te bajás del ring mirándolo con cierta nostalgia y volvés a la calle en soledad. La sensación es muy linda, pero también muy rara. Sentís una liviandad que no asociás con nada de tu pasado, vas como flotando. Ahora empieza una nueva etapa. Empezás a sentirte libre como un cóndor en el cielo: tus alas ya no están atadas, ni tu mochila pesada. Ya se respira libertad en tu república: cayó el opresor que alimentabas ¡Venciste a tu miedo! La próxima estación se llama ¡VIDA!

FIN

 

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