La estrella de ser niños

Una noche de enero donde las nubes perdieron la dirección y nunca llegaron a destino, con una temperatura de esas que producen sensaciones de bienestar en el cuerpo que solo se dan en verano, Pedro, un niño de 8 años, al ver el cielo filtrarse por la ventana, se levantó de un salto de la silla, pidiendo exaltado a su papá un anotador y un lápiz. El padre y el abuelo, que también estaba allí, se miraron entre sí. No entendían qué le pasaba, cuál era su apuro y por qué interrumpía así el partido de fútbol que estaban viendo en la televisión, pero sonrieron y le dieron lo que solicitaba.

Éste salió corriendo hacia la puerta de entrada, que daba a una galería con escalones de madera que llevaban al cerco. Miró al cielo con fascinación y se sentó a escribir. Levantaba la vista, señalaba algo en el cielo, se ponía a pensar dándose golpes suaves en la mejilla derecha con el lápiz y después anotaba. Así estuvo durante largo tiempo.

Abraham, su abuelo, lo miraba a escondidas atrás de un vidrio y mientras sonreía con ternura por ver a la fotocopia de su primogénito en miniatura, no podía contener la curiosidad ante aquello que estaba contemplando y salió a su encuentro sintiéndose en la máquina del tiempo: era como volver al pasado para conversar con su hijo cuando era niño (es que Pedro tiene la misma voz, el mismo pelo y los mismos gestos de su padre). Sin pedirle permiso se sentó a su lado con la boca cerrada: solo se limitó a mirar el cielo como hacía su nieto, que de momento no daba acuso de recibo ante la llegada del mayor, hasta que éste no pudo más y rompió el silencio.

-¿En qué andas Pedrito? –Preguntó buscando los ojos heredados de sus ojos.

-Estoy haciendo una lista – Respondió sin prestar mucha atención el niño.

-¿Una lista para qué? – insistió Abraham, sabiendo que al igual que su hijo, Pedro sólo daba respuestas secas, sin explayarse, lo cual siempre obligaba a hacerle más y más preguntas.

-¿No ves el cielo abu? Mirá ¡está lleno de estrellas para regalar!- Exclamó con una sonrisa brillante de mil dientes.

-¿Para regalar? – Dijo riendo el abuelo, con un tono de esos que esconden descreimiento. –   ¿a quiénes se las vas a dar? ¿cómo se hace la entrega? – dijo esforzándose en hacer un tono que le mantenga la ilusión.

-Es fácil abuelo – respondió con tono de niño sabelotodo – Elijo una estrella aunque no sepa el nombre, la señalo, pienso en ella y en la persona a la que se la quiero regalar, después anoto su nombre en esta lista. Luego pido al universo que me ayude y ¡listo! – Dijo mientras le brillaban los ojos.

-¿Pero ya lo hiciste alguna vez? ¿quién te enseñó esto?

-Nadie abu, pero sé que es así, no hay motivo para que no funcione…

-Si vos lo decís debe ser así – Dijo el abuelo con voz poco creíble y riendo por la inocencia de su nieto. – Bueno, me voy a dormir: tratá de no hacer la lista muy larga sino el cielo va a quedarse sin puntos blancos – esbozó medio en burla pero sin maldad.

Le dio un gran abrazo y se metió dentro de la casa, sin parar de reír por la imaginación y las ocurrencias que tenían los niños de hoy en día. Adoraba a su nieto ya que siempre le regalaba buenos momentos, pero le era imposible conectar del todo con sus creencias mágicas. Ya era un adulto que padeció varios cachetazos de la vida como para andar perdiendo el tiempo en darle lugar a estas cosas. Vivir no es fantasía, ni magia, sino que es pura realidad: si llegué vivo hasta esta edad pese a todo ¿para qué voy a cambiar?, tan mal no habré hecho las cosas, pensó…

Pedrito notó que su querido abuelo no creyó ni en él, ni en la magia. No había que ser muy intuitivo para esto: Abraham pertenecía al mundo aburrido de los adultos.

Mientras seguía pensativo, dándose más golpes con el lápiz en la mejilla, decidió sorprenderlo. En su lista, él figuraba en el cuarto lugar para recibir el regalo, pero decidió pasarlo al puesto uno. Miró al cielo en busca de la estrella, la encontró y la miró fijo unos segundos mientras con la mano acariciaba el nombre de su abuelo en la hoja, como si lo estuviera tocando.

Se quedó un rato más afuera hasta que su papá lo llamó para irse a dormir. Lo esperó en la puerta y cuando entró se dieron un abrazo muy grande. Después se agarraron la cara mutuamente con las dos manos, mirándose fijo unos segundos: así era el ritual del saludo al despertar y al acostarse. Pedro fue a su habitación con el anotador debajo de la axila izquierda.

En la otra pieza, a su abuelo le costaba conciliar el sueño: daba vueltas para los costados y no había forma de que los ojos se peguen. No le dolía nada y hasta había tomado la pastilla que lo lleva a los brazos de Morfeo noche tras noche, pero hoy no había caso. De repente empezó a ver que por el vértice de la ventana entraba una luz blanca muy potente, que iba en crecimiento inundando el cuarto. Era casi enceguecedora. Sintió miedo… se acercó sigiloso a la ventana y casi se desmalla cuando pudo ver para afuera: a menos de un metro de su ventana estaba… ¡la luna! No lo podía creer, un escalofrió sin fin le usurpó el cuerpo. Se dio un pellizcón para comprobar que estaba despierto y le dolió de veras. Estaba conmocionado ¿Cómo era posible que esté sucediendo esto? Pensó en la charla con su nieto y unas lágrimas le brotaron en los ojos. Abrió la ventana y extendió los brazos para tocarla: era fría, suave y brillante. En este momento rompió en un llanto incontrolable, de esos que no dejan lugar a la respiración. Para cuando recuperó la visibilidad la luna ya se había ido.

Se puso la bata y salió corriendo al cuarto de su nieto. Le costó despertarlo y debió sacudirlo varias veces:

-Pedrito… ¡TENÍAS RAZÓN! Perdón por no creerte, recién la vi en la ventana…

Pedro sonreía, en cierto punto hasta él estaba sorprendido de que haya funcionado tan rápido el regalo mágico, aunque nunca dudó en que sucediera.

-¿En serio abue te llegó? ¿cómo era?

-Sí, sí, te juro que sí. Era blanca, fría y brillante: la luna más linda de todas las lunas… ¡HASTA PUDE TOCARLA!

-¿La luna? – Dijo con tono de decepción Pedrito. – ¿Estás seguro? Yo te quise regalar una estrella de las de al lado, pero no la luna: en algo fallé – Dijo con voz pensativa…

El abuelo se puso a reflexionar al ver con qué inocencia Pedro se enojaba por su “error” de haber logrado bajar la luna en lugar de una estrella. Con apenas ocho años y lleno de poder por el sólo hecho de creer, hoy movió el sistema solar y mañana puede mover montañas con la misma naturalidad… pensó y siguió ensimismado: si ante tal poder está decepcionado, sin dudas algo falló en la educación social que pretende meterlo en el mundo de los adultos.

Sintió culpa y vergüenza por su parte al darse cuenta de esto, a sus setenta y cinco años conectó con su niño interior y volvió a creer en la magia. Abrazó más fuerte que nunca a su nieto, le dio las gracias y también le pidió disculpas. Pedro no entendía por qué, pero las aceptó mientras los dos lloraban y reían a la vez como lo que eran: dos niños.

Pedro se levantó para acompañar a su abuelo a la pieza y cuando le dio la espalda, Abraham notó que al abrazarlo había dejado marcadas sus manos en el piyama de su nieto con polvo lunar, y volvió a sonreír…

 

FIN

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3 Responses

  1. Familia Rodante dice:

    que hermosa historia!!! cuanta dulzura y magia que traen los niños a nuestras vidas!!!! solo hay que abrirse para recibirla, como hizo el abuelo ! gracias ,un abrazo !!!

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