Evolución

Cuando era pequeño, solíamos ir de noche a comer asados al campo de una familia amiga, lo cual era siempre un gran plan, salvo cuando los mayores se ponían a contar historias del diablo, la luz mala y otros mitos paganos, que a mi niño lograban asustar ¡y mucho!
Recuerdo cierta vez en que ni siquiera quise bajar a abrir la tranquera al volver, siendo que era un ritual que me encantaba hacer, y al llegar a casa esa noche pedí a mi mamá dormir en su pieza, tirando un colchón en el piso con un cuchillo bajo la almohada…
Por esas épocas, en que esa clase de miedos me acechaban, recorrer el largo pasillo de mi casa para ir al baño, más aún cuando estaba quemada la lamparita, era un castigo. Ni que hablar cuando por las noches la vejiga estaba por explotar y había que sí o sí levantarse a “enfrentar a los demonios”. La distancia a oscuras hasta hacer “clic” en la tecla de la luz parecía de mil kilómetros y el “trámite” lo hacía a gran velocidad, cantando para no escuchar ningún ruido ambiente.
Durante muchos años tuve ese miedo, el de encontrarme por las noches al diablo, que al prender la luz él estuviera esperándome, o que al caminar por las calles oscuras, se aparezca, lo cual me mantenía en un estado de alerta constante, y ante cualquier ruido extraño, además de darme un escalofrío, me hacía literalmente salir corriendo… hasta que un día evolucioné.
De tanto hablarme para superar este padecimiento di vuelta la situación. Me dije, «¿por qué en lugar de pensar que al otro lado de la puerta te está esperando el diablo, no pensar que a lo mejor el que te está esperando es Dios o algunos de sus enviados?» Y así ir al baño, transitar pasillos o calles a oscuras se fue convirtiendo en una experiencia de añoranzas místicas, a la espera de un encuentro divino…

FIN

 

 

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