Empleados de la ilusión

De todas las notas de investigación que le tocó cubrir para el diario, esta es la que mayor intriga y fascinación le generaba a Victoria, una joven pero experimentada periodista.

El lugar quedaba en las afueras de la ciudad, dentro de un hermoso bosque donde incluso mucha gente que no llega a ser atendida en el día acampa para no perder su turno. La energía allí es increíble y movilizante.

Fue temprano por la mañana y al llegar quedó impresionada con la larga fila de más de ocho cuadras de gente esperando a ser atendidas por Don Federico.

Victoria intentó varias veces concertar una entrevista con él, mas este siempre la esquivó.

Intentó también abordar a sus “pacientes”, mas estos no largan bocado. Hacen con él un pacto de silencio, un juramento que no se atreven a romper.

Encasillarlo bajo el rotulo de “curandero” es demasiado reduccionista. Ella prefiere creer que es una especie de “arregla problemas” que mayormente son de salud. Su fama excedió las fronteras de la ciudad y llegan personas de todas las latitudes a verlo.

Los mitos y rumores que lo envuelven recorren muchos pasillos: “es heredero del poder de Jesús”; “cura desde HIV, cáncer, hasta empachos: no hay malestar que se le resista”; “es un estafador”; “tiene cuentas bancarias en el exterior”. También carga con otro rumor que hizo desistir a la periodista de hacerse pasar por paciente: aseguran que puede leer el espíritu de la persona con solo saludarla.

Se tomó un tiempo para analizar la cola de espera y notó que en ella conviven todas las clases sociales. Se huelen perfumes franceses y también colonias baratas. Ricos y pobres, todos necesitados, comparten charlas mates y anhelos.

De lo poco que pudo averiguar Victoria, supo que él atiende al aire libre en un pequeño “consultorio” a la vuelta de una pequeña loma que hace de paredón dándole privacidad.

Ella haciendo uso de sus habilidades logró infiltrarse en el bosque y trepada un árbol tuvo vista directa a Federico en acción. Usando un binocular vio que tiene sobre una mesa símbolos de distintas creencias y/o religiones: vírgenes, un buda, una estrella de David, una imagen de Saint Germain, etc. Por lo visto no le rinde obediencia a un culto en particular.

De todo lo que veía, lo que más le llamaba la atención era el momento en que atendía al publico. Al enfrentarse con él no había nadie que no llore. Incluso hubo quienes se pusieron de rodillas y fueron levantados por los brazos de quien estaban adorando.

Federico parece tener unos 50 años, aunque no tiene una sola arruga en el rostro. Parece además tener un aura brillante que lo cubre y es visible hasta para los escépticos. Sin duda alguna es un ser que genera mucha fascinación.

Paso allí trepada, sin darse cuenta, más de cuatro horas observando y notó que su accionar es siempre igual. Pese a que cada quien viene por distintos motivos, él hace siempre la misma mímica. Los hace sentar, cerrar los ojos, coloca sus manos sobre la sien del “paciente” mueve los labios como diciendo una oración, le da un beso en cada mano y lo despide con un abrazo. En algunas ocasiones hasta lo vio llorar. Ahí mismo las personas tienen una urna donde ponen a voluntad una retribución económica. Él nunca los mira cuando ponen el dinero. Algunos tardan más tiempo poniendo billetes en ella que en ser atendidos y otros pasan de largo sin siquiera mirarla.

Cuando la luz del día colgaba de un hilo, Victoria decidió bajarse del árbol y ya en los últimos “escalones” dio un pequeño salto como cuando era una niña indomable. Grande fue su sorpresa cuando al recomponerse encontró sonriente al lado suyo al “arregla problemas” que amablemente le tendió la mano diciendo:

– Victoria ¿verdad? – dijo sabiendo la respuesta. Sin decir más le hizo un gesto de que lo siga.

Caminaron por un sendero de hojas secas y su crujir fue lo único que se escuchó en ese trayecto. Victoria temblaba, ni haciendo cámaras ocultas a políticos corruptos sintió tanto miedo.

Caminaron unos 10 minutos y llegaron hasta el “consultorio”. Mientras le servía un vaso de agua él volvió a hablar:

– Te veías muy graciosa desde acá. Te delató un reflejo del sol en los binoculares, sino ni cuenta me daba.

Victoria no sabia si lo decía por falsa modestia o de verdad no fue ningún poder suyo lo que la descubrió, así que solo se limitó a dibujar un pequeña sonrisa.

Antes de darle el vaso, él hizo un truco sobre el agua con la mano que le quedaba libre musitando algo inaudible. Ella volvió a sentir un escalofrío ante esto, aunque igual aceptó la ofrenda y bebió sintiendo como nunca el recorrido del liquido en su interior con una sensación de dulce ardor… “¿me habrá engualichado?” Pensó.

Él que tenía todo el control de la escena la miró cediéndole la palabra sin decirlo. Ella volvió en si, recuperó su color, normalizó sus palpitaciones y sin muchos rodeos preguntó:

– ¿Que es usted? ¿un angel? ¿un curandero? ¿un estafador? …

– Soy un mago, un ilusionista mejor dicho – respondió el interrumpiéndola.

– Pero hay una diferencia – razonó ella – Uno tiene poderes, el otro solo manipula. ¿Usted a que bando pertenece?

– Pertenezco al bando de la luz, al bando de Dios. Aunque yo mismo me cuestiono mis practicas a menudo.

– Creo que usted se está haciendo el distraído y peca de falsa modestia ¡se le adjudican muchos milagros! Yo misma vi a la gente llegar destrozada y salir como levitando.

– Le aseguro que es poco lo que yo hice.

Al ver que no podía hacerlo cambiar de postura, intentó abordarlo por otras cuestiones.

– ¿Como hace? Vi que repite el método y la duración ante cada persona que llega con un problema distinto al de la otra. ¿es posible curar el sida y unir una familia en el mismo tiempo? ¿usted es de los que tiene un ángel a su lado dándole asistencia? – eran tantas sus inquietudes que mezcló su profesionalismo con su vida particular, incluso olvido prender el grabador.

– Todos tenemos un ángel al lado que nos asiste – respondió el haciendo énfasis solo en la última de las preguntas, generando la ira de la periodista que sentía que el jugaba con ella evadiendo a su antojo.

– Entiendo como se siente señorita – dijo con ternura – usted me cae bien y dado que no está grabando le voy a contar un secreto que guardo hace años.

Ella ya no le creía, lo veía muy inteligente, capaz de llevarla a cualquier puerto sin decirle nada en realidad. Estaba empezando a creer que era un manipulador y no se equivocaba…

– Pensándolo bien no soy un mago, soy un ilusionista. Las ilusiones nos envuelven por todos lados: el tiempo, las modas, las necesidades y hasta incluso las enfermedades son una ilusión, una mentira. ¡No existen! – ella adoptó una postura corporal en clara señal de que estaba llegando a un punto interesante aunque poco claro, así que replicó:

– ¿Usted esta tratando de mentirosos a las miles de personas que vienen llenas de esperanza a verlo?

– En cierta forma sí – dijo el secamente – y para su indignación le digo más: les pago con la misma moneda.

– ¿Usted les miente? ¿Les hace creer algo que no es?

– En cierta forma si – volvió a responder elevando la bronca de Victoria hasta las nubes.

– Por un momento creí que iba a encontrarme a un ser de unas cualidades humanas extraordinarias, movido por el amor y la honestidad y veo que estoy ante lo que muchos creen: ¡Un estafador!

– Me mueve el amor, aunque no me siento honesto, mas se que en este contexto de ilusión generalizada soy útil.

– ¿Puede ser especifico y claro de una buena vez? – Victoria ya había perdido los buenos modos.

– Veo que esta alterada, así que para no alimentar su ira haré caso a su pedido: desde chico descubrí a Dios y supe que el es amor. Supe además que no discrimina y que nos da a todos por igual, por eso le dije que todos tenemos un ángel o mas que nos asiste. Desde entonces empecé a despertar y a subir mi nivel de consciencia, a sentirme parte de la creación, lleno de magias y poderes. Sentí en carne propia la presencia y germinación de la semilla divina regándola día tras día. – Por primera vez desde que bajo del árbol, Victoria sintió que él hablaba en serio, así que no lo interrumpió… – Me di cuenta que todos podemos ser nuestros propios dioses, llenando nuestra vida de milagros, entre ellos la sanación de cualquier enfermedad. El problema está en que pocos se lo permiten, no lo creen posible y le aseguro Victoria que no es un don de unos pocos sino que es de todos. Es una verdad mas vieja que Buda.

– ¿Entonces… ?

– Entonces viendo esto empecé a trabajar de ilusionista. Le hago creer a la gente que tengo poderes especiales, que soy un elegido, “monto el circo” y en realidad son ellos mismos quienes se están sanando, mas como no se permiten creer en su poder, precisan que otro lo haga por ellos y al darme ese poder en realidad sin saberlo están abriéndole las puertas al milagro para que los atraviese. Sugestión pura, como la que hice al darle el vaso de agua. Se que les miento a los “mentirosos” y por eso como le dije no me siento honesto aunque reitero si útil: ¡Se sanan! Y a corto plazo es lo importante para su reconstrucción, aunque sí siento culpa por no romperles la ilusión que los atormenta…

– ¿Entonces? Volvió a repetir ella

– Entonces ellos y yo somos empleados de la ilusión.

FIN

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