El timbre mágico

Como la hoja de un árbol que viene colgada en el viento, así llegaba este viajero a una nueva ciudad que no estaba en sus planes. Aunque todo es improvisación, la magia de los viajes se encarga de que fluya como si el mejor de los organizadores del planeta hubiese dedicado sus mejores horas a esta causa.

Estando en ronda compartiendo una merienda, se entera de la existencia de una ciudad casi desconocida en los mapas de los viajeros, porque no hay un atractivo turístico de la naturaleza, pero la naturaleza de sus pobladores, según parece, encienden la magia (y la curiosidad de Rome).

Uno de los que compartía ronda con él, dijo que un amigo de un amigo vivía allí y que podía consultarle a ver si le daba alojamiento. Le consiguió la dirección de mail y este le escribió. Pasaron varios días hasta que el buzón de entrada acusara la llegada de la respuesta.

El hombre en cuestión, era una persona mayor, que descartaba el uso del teléfono: sólo se comunicaba esporádicamente mediante un ordenador, pero sin acceso a internet desde su casa. De vez en cuando se acercaba a un bar a revisar su correo.

No solía recibir extraños en su casa, pero así como quien detiene su auto en la ruta y sube a un viajero sin saber porque tuvo ese instinto de frenar, siendo que nunca antes en la vida lo hizo; también está quien abre las puertas de su hogar a desconocidos… Decidió alojarlo, aclarándole algunas reglas y horarios en los que se encontraba: la magia del camino obra en tiempo y forma a favor de los aventurados.

Poco tiempo después, Rome emprendió camino hacia esta ciudad. Pensó que iba a ser más fácil llegar, pero el día en la ruta se extendió más de lo esperado: arribó a destino ya con la luna en su puesto de trabajo desde varias horas antes.

Preguntando y preguntando, llegó a la dirección. Grande fue su sorpresa cuando sus ojos no encontraron un timbre, sino que ¡más de 30! Este hombre nunca le había mencionado que vivía en un edificio, ni mucho menos le mencionó su número de departamento. Para colmo, parecía que el edificio era fantasma: no se escuchaba ni un ruido, sólo se veían algunas luces encendidas.

No sabía qué hacer. El cansancio del día le estaba jugando una mala pasada haciéndole disminuir su fe. Parecía mimetizado con el edificio y no tenía todas sus “luces” encendidas. No quería apretar un timbre incorrecto y despertar a un vecino, ni tampoco quería levantar sospecha alimentando paranoias de ciudad (el miedo y el cansancio no suelen ser buenos consejeros).

Miraba el tablero a ver si alguno de los timbres le hacia un guiño para indicarle que era el correcto, pero nada pasaba. Pensó en irse a una plaza a esperar que llegue la mañana o ir a un cuartel de bomberos a pedir asilo, pero desestimó ambas ideas.

Después de un rato de pesimismo, se empezó a hablar, a recordar episodios de su viaje donde la magia del camino había intervenido conspirando a su favor, desnudando supuestos imposibles por doquier. No podía ser derrotado por treinta timbres… estaba empezando a recobrar la fe.

Volvió a pararse frente al tablero, invocó mentalmente a la magia, tensó el dedo índice de la mano izquierda, estiró el brazo y pulsó un timbre. Los pocos segundos que tardaron en responderle le parecieron una eternidad. Una voz dijo al otro lado:

-¿Si? – era claramente la voz de un anciano –
-¿E-e-e Emilio? – respondió Rome, tartamudeando y empezando a sonreír.
-¡SI!

Efectivamente sin nada de casualidad, de entre treinta posibilidades, dio justo en el timbre correcto. Fue recibido sin problemas por la hora y le convidaron unas pizzas que parecían tener varias semanas de antigüedad, pero las comió sin pensar (y sin respirar…).

Después de todas las charlas de rutina fue conducido hasta la que sería su pieza. Apoyó la cabeza en su nueva almohada y no pudo evitar revivir el momento vivido unas horas atrás y reflexionar.

Primero se tomó unos minutos para enojarse consigo mismo por haber renunciado a su fe, aunque solo fuera unos instantes: no se puede estar entregado a una historia extraordinaria con lógicas de una ordinaria. Se prometió no volver a dudar. A quien se anima a vivir un cuento mágico, es lógico que le sucedan cosas mágicas.

Miraba el cielo por la ventana de su habitación y se aisló de los ruidos de la ciudad, ensimismado seguía reflexionando: no hay que dudar en que siempre (siempre), si estamos llenos de fe, abiertos y receptivos a la magia que está flotando en el aire y que nos corresponde, en cualquier situación de la vida, vamos a tocar el timbre correcto. Es mágico y es lógico, o mejor dicho: magia lógica de quien se anima a hacer de su mundo uno extraordinario.

FIN

 

timbre

 

Estas historias relatan las aventuras de un viajero. Para entenderla mejor, es recomendable leer solo este capítulo antes: INVITACIÓN A SOÑAR

 

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