El tiempo de volver

No hay un comienzo sin antes un fin. Muchos kilómetros, muchas historias, muchos paisajes, muchas vidas, muchas sensaciones y muchas enseñanzas han pasado desde que Rome iniciara su viaje.

A menudo, ante cualquier silencio dentro suyo, solía preguntarse hasta cuando seguiría remontando el mapa y barriendo fronteras. No era una cuestión de dinero, ni de tiempo, solo de sensaciones… ¿Por qué ponerle fin a la historia más feliz de su vida? Será que a veces el ser pide volar y a veces pide volver al nido… Si vuelve, tendría que aplicar todo lo aprendido en este tiempo para no volver a oxidarse, pero también le sería difícil encontrar consuelo: fue su mundo el que se dio vuelta, no el de los demás… ¿Con quién compartir en la misma frecuencia, en la misma vibración? Una parte dentro suyo le reclamaba empezar a construir una nueva historia quedándose en un lugar y otra le rogaba seguir. No encontraba unanimidad de criterios cada vez que se lo auto consultaba.

Muchas fueron las etapas durante el viaje en que sentía el impulso de volver: los cumpleaños de los seres queridos, algún nacimiento, alguna muerte, las fiestas de diciembre, etc. etc. Fue permeable muchas veces (¿cómo no serlo?) ante un video de sus sobrinos diciéndole que lo extrañaban, o ante la fotos de los amigos celebrando todos juntos; pero todo viajero sabe (o debiera saber), que es parte del costo de su elección. El avance continuo de un viaje, por lógica pura, deja atrás estas y tantas otras cosas que ponen a prueba al deseo de seguir siendo un títere del viento.

Ante estas situaciones, pasaba por un tiempo indeterminado de reflexión y siempre optaba por seguir adelante. Pero desde hace un tiempo ya que se siente sin energía para continuar: conocer gente nueva todo el tiempo, contar, en principio, siempre las mismas cosas, estar en casa ajena, etc. son parte del encanto viajero, pero también es un desgaste que requiere energía para amortiguarse.

Compartiendo habitación con otro viajero, Rome, le planteó sus dudas acerca de cuándo debía regresar. Este, que ya tenía más kilómetros de viaje que el Apolo 11, le aconsejó que se dejara fluir por el viaje y que un día, sin duda alguna, iba a sentir dentro suyo la certeza absoluta de que ya era el momento inequívoco de volver.

Rome siguió subiendo muchos kilómetros y pasó por varias ciudades más desde aquella charla. Desde el comienzo, para estar en sintonía con el viaje tuvo que, con gran esfuerzo, desapegarse de muchas cosas, y ahora siente que debe luchar para poder desapegarse del viaje cuando escuchá las voces que le piden volver.

Un día se levantó bastante convencido de hacerlo, y empezó a planear la hoja de ruta, pero fue seducido con cruzar la frontera hacia otro país a pocos kilómetros de donde se hallaba. La duda le demostró que no eran unánimes las ganas de frenar. Finalmente cruzó la frontera, sumó un sello a su pasaporte, disfrutó mucho del paseo y regresó a la misma ciudad desde donde había partido hace unos días.

Estaba solo en la habitación de un hostel, donde había desarmado casi por completo su mochila: un porcentaje altísimo de sus ropas necesitaban de una lavadora con urgencia. Escuchaba muchas voces en el comedor y tuvo ganas de aislamiento e introspección. La palabra rareza es la que mejor podía definir su estado en ese momento. Preparó su equipo de mate, los restos de galletas que estaban todas rotas en el paquete y usando la mesa de luz como mesa de desayuno se ensimismó. La mirada perdida en un momento hizo foco en el paisaje que se veía desde la ventana. Se acercó, puso la frente contra el vidrio, suspiró profundo y… súbitamente… ¡lo supo!: era el momento de volver.

Así en los viajes, como en la vida, debemos ser los dueños del tiempo y de las emociones. Nadie puede decirnos como deben ser las cosas que pasan dentro de nosotros, no hay recetas absolutas, ni situaciones iguales, nadie puede indicarnos cuando es nuestro momento y cuando no.

No hay que tenerle miedo a los finales: más bien hay que saber morir a tiempo para dar lugar a nuevos nacimientos, a nuevas aventuras.

Un amigo le prestó su tarjeta de crédito y pudo sacar pasaje para volver en un solo tramo en bus. Armó su mochila lleno de nostalgia pero con convicción absoluta. Salió hacia la terminal hablándole a su viaje, a esa entidad que nació dentro suyo y que lo acompañará de por vida. Le agradeció infinitamente por darle y enseñarle tanto. Miró a un cerro que estaba cerca y le pidió que diera de su parte un gran saludo, un gran agradecimiento a toda la cadena de cerros que lo acompañaron y contuvieron durante esta aventura. El sol que lo iluminaba también fue saludado y bendecido.

El bus llegó un tiempo antes del horario y se subió conmovido. Buscó un asiento alejado de los otros pasajeros, sin respetar el número asignado. Con sus ojos seguía a la cordillera que estaba dejando atrás. Una lágrima empezó a caer desde lo alto y otras lágrimas solidarias salieron a buscarla para no dejarla sola. Las mil historias vividas se le vinieron a la mente todas juntas y no paraba de sonreír.

Pese a ver un sinfín de bellezas naturales en este tiempo, supo que en todo viaje, siempre lo más lindo es… ¡la gente!… que se cruza en el camino, los magos que replican su magia. Estaba comenzando el regreso, pero internamente sabía que de un viaje así nunca se vuelve, aunque vuelvas. El Rome de ahora no tiene nada que ver con el Rome que mucho tiempo atrás se lanzó al camino.

…Aquel viajero tenía razón: uno internamente sabe cuándo es el tiempo de volver. Pero también voy a saber cuándo es el tiempo de empezar de nuevo. Ya estoy infectado con este virus que me salvó la vida. No tardaré mucho en empezar una nueva aventura…

Pensó… y tenía razón.

 

FIN

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5 Responses

  1. Dolores Rua Dolores Rua dice:

    qué lindo Rome!! “el que está en camino nunca se despide, libre como el viento saluda al pasar ,su sola querencia anida en la meta que aún no conoce, pero alcanzará…”

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