El sin palabras

Esta es la historia de un hombre cualquiera, con la particularidad de tener boca pero que solía no tener palabras, sobre todo en situaciones de incomodidad: ya sea para alabar, elogiar, criticar, quejarse o reclamar. No era capaz de decir algo cuando alguien lo estaba estafando delante de sus narices, ni quejarse si no le gustaba la actitud de un tercero, ni tampoco cuando necesitaba usarlas para lograr un objetivo, como por ejemplo conquistar una mujer.

Las palabras las tenía dando vuelta, pero no salían de su boca. Terminaba siempre tragándolas cual bomba química que le estallaba dentro suyo.

Iba a la verdulería, pedía un kilo de tal verdura, veía que la balanza marcaba ochocientos gramos, sentía escalofríos por el cuerpo, tensaba las manos… una frase de queja empezaba a subirle, pero estallaban contra una muralla de dientes que la hacían rebotar y volver para adentro. Sacaba sus billetes, pagaba “el kilo”, ¡agradecía! y se iba con una sensación que orillaba al llanto.

Salía a comer con amigos, pedía su plato preferido y mientras lo disfrutaba como a nada en el mundo, la persona que estaba sentado a su derecha se pone a fumar un cigarrillo tirándole todo el humo encima. Pocos en el mundo deben odiar tanto al tabaco como él, y más aun cuando está en la mesa con comida en el plato. Lo miró lleno de ira y al verlo, el fumador le dijo:

– ¿Te molesta? ¿Lo apago?

Este lo miró pensando: ¡claro que me molesta!, ¿no ves que estoy comiendo?, ¿no ves que el lugar es chico y no hay ventilación?, odio al humo, odio al tabaco, te odio a vos por ponerme en esta situación… Finalmente sonrió un poco y dijo:

– No no, no me molesta: fumá tranquilo.

Inmediatamente sintió un nudo en la panza y no pudo seguir comiendo. Se quedó un tiempo más en la mesa, pagó su parte y se fue antes que el resto, que lo miraban sin entender nada.

En el cumpleaños de su única sobrina, pensó en sorprenderla con un ramo de flores y un oso de peluche, diciéndole bellas palabras por toda la alegría que trajo a su vida desde que nació allá hace quince años atrás. Cuando en la fiesta la vio entrar vestida como una princesa, brillando a cada paso, se le secó la boca y todo el discurso que tenía bien ensayado fue a parar al fondo de su estómago. No pudo pronunciar palabra, así que le dio el regalo y la abrazó llorando tan fuerte que la niña quedó asfixiada, un poco incómoda por la situación frente a sus amigos de la escuela.

Con el pasar de los años, esta situación iba empeorando. Cada vez le dolía más no tener palabras cuando las precisaba. Se daba cuenta que dejó escapar muchas cosas buenas por no poder hablar, por no poder decir. Perdía estima ante los demás. Se auto replegaba ante su silencio, terminaba volviendo solo a su casa a quejarse de su situación y su desdicha sin hacer nada para cambiarlo.

Llegó un momento que de tanto padecer esto decidió cambiar. Se propuso hablar, aunque tartamudeara, aunque su cara se parezca al planeta Marte de tan colorada, aunque lo haga sin mirar a los ojos, aunque solo sea con un hilito de voz. No podía dejar pasar más tiempo.

Había conocido a la mujer más linda del mundo. Nunca jamás se había sentido tan atraído como ahora y parecía que era recíproco. Ella también mostraba mucho entusiasmo ante su presencia.

Desde que la había conocido hace varios meses atrás, no paraban de escribirse y contactarse a diario, pero él no lograba declararle sus sentimientos, ni alabar su belleza, ni describir todas las buenas sensaciones que le provocaba. Estaba tan frustrado por esto que en el último tiempo dejó de frecuentarla y se hablaron muy poco.

Sintió dentro suyo que era el momento de terminar con esto. Tomó la decisión de abrir la boca. Agarró su coche y fue sin avisar a la casa de su pretendida. No tenía ningún discurso ensayado, pero tenía que hacerle saber todo lo que le pasaba.

Llegó, tocó el timbre, ella espió por la ventana y sorprendida de verlo fue a abrirle la puerta un tanto nerviosa. La escena empezó a transcurrir en cámara lenta. Le abrió, él la miró a los ojos, juntó el aire necesario, empezaron a subirle las palabras, separó los labios resecos y los dientes estaban dando paso a los ansiados vocablos. Por un segundo se paró el Big Ben en Londres, quedaron frenadas las aguas de las Cataratas de Iguazú, el disparo de Messi quedó suspendido en el aire, la Mona Lisa dejó de sonreír y el ladrón pudo ver de frente la estela de la bala del policía… Usó sus manos para reforzar lo que le salía de adentro, pero algo lo hizo reprimirse abruptamente: detrás de ella apareció un hombre que la abrazó dándole un beso en la cabeza.

El mundo se le derrumbó. Otra vez se le fue un tren por llegar tarde y mientras, el globo terráqueo seguía girando: el Big Ben marcó las 5Pm y las señoras dieron comienzo al té, los turistas no paraban de maravillarse con los saltos de las cataratas, el mundo entero alababa el nuevo gol de Messi, cientos de orientales retrataban con sus cámaras último modelo la sonrisa de la Gioconda en el Louvre y el ladrón fue abatido…

Dijo unas palabras tontas lleno de nerviosismo, se subió al auto y salió de regreso para su casa. Hizo algunas cuadras en estado de shock y decidió bajarse para caminar. En un momento no pudo más y se sentó a llorar desconsoladamente como un niño en el cordón de la vereda. Maldecía ser “un sin palabras” a tiempo, maldecía su actitud, maldecía su desdicha y largaba océanos de lágrimas. Sentía un gran desmoronamiento por dentro.

Pasó la luna, volvió a salir el sol y seguía llorando allí sentado. Todas las palabras que se tragó a lo largo de su vida se estaban desprendiendo como témpanos de un glaciar. Parecía que los hielos eternos estaban empezando a ceder. Después de algunas horas ya no quedaban lágrimas, y hasta pudo regalarse una sonrisa de compasión.

En ese momento una chica de una edad cercana a la suya se le acercó a hablar, es que lo había visto cuando iba a trabajar y lo volvió a encontrar en igual situación al regreso. Ella se sentó a su lado sin conocerlo y conversaron sin parar.

Aprovechando el nuevo canal que se le abría, él no se guardó nada y así sentenció esta relación que seguiría en el tiempo. Con el pasar de los meses se fueron conociendo en profundidad y se enamoraron.

Se sorprendía a cada paso con las declaraciones que podía hacer y cuanto resultado positivo traían. Cambió de verdulería pero hizo saber el motivo, sus amigos ya no fuman delante de él; y su sobrina no para de escuchar “sonatas” de amor.

Ahora planeaba irse a vivir con su novia, pero no a la casa que ella propuso: sintió que no era cómoda y lo manifestó, así que están buscando otra… Ahora que aprendió a hablar, mejor vivir en un lugar donde entren todas las letras, donde entren todas las palabras.

 

FIN

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1 Response

  1. Ana dice:

    ¡¡¡Me encantó!!!

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