El que entendió todo

Muchas veces hablé de “Migue”, un papá del corazón que llegó a mi vida cuando tenía alrededor de veintiséis años, pero me di cuenta que nunca hablé de Sergio, así que preciso hacer justicia con este texto.
Migue no fue mi primer papá del corazón, sino el segundo. Sergio ocupó ese cargo en la entrada a mi adolescencia. Mis padres se separaron cuando yo tenía cerca de ocho años y él apareció cerca de mis diez.
Su llegada fue un poco traumática. Ver que mi mamá tenía una pareja que no era mi papá por primera vez fue de un gran impacto. Además de conquistarla a ella, también tuvo la difícil tarea de conquistarnos a mí y a mis hermanos en aquel difícil proceso.
Sin duda dejó una gran marca positiva dentro de mi familia, llenándonos de códigos y valores para la vida. Hace muchísimos años que vive en el mismo lugar donde se fue a vivir Migue tiempo después. Quizás compartan una nube cada tanto y se codeen al vernos transcurrir desde allá arriba.
Se llamaba Sergio Arturo, oriundo de Bolivia y por aquella época era socio en una parrilla llamada “La Candelaria” en la entrada de mi pueblo.
Mamá trabajaba todo el día en distintos lugares, mi hermana trabaja en una ciudad y estudiaba en otra y mi hermano hacía doble turno en la escuela técnica, así que yo quedaba solo gran parte del día, lo cual no me molestaba en absoluto, pero por si acaso, como un “chiche nuevo”, tenía a mano el teléfono de la parrilla de Sergio por cualquier eventualidad.
Una tarde cualquiera, como todas las tardes de aquella época, yo estaba jugando al fútbol con mis amigos en la plaza frente a la estación de trenes. En una jugada desafortunada, una de mis rodillas chocó contra la de otro jugador y sentí un dolor tan grande que me largué a llorar y abandoné el partido.
Me fui solo hasta mi casa que por esas horas estaba vacía. Llegué rengueando y necesitando una “columna” donde apoyarme, alguien que me diga “sana sana”, que me ponga hielo o que me lleve al hospital. Llamar a mi papá biológico no era una opción en ese momento, la guerra civil estaba sobrevolando el techo de nuestra familia, mamá estaba en el trabajo y mis hermanos en sus actividades. Sólo quedaba una opción y un teléfono.
Sin vacilar llamé a Sergio, quizá un poco para ponerlo a prueba y ver si estaba a la altura de la demanda. No recuerdo qué palabras usé, pero recuerdo lo que significaban realmente: “acá hay un hijo que necesita un padre” y él lo entendió todo.
Llegó a casa en pocos minutos y con un sencillo, y potente, acto dio comienzo a una hermosa relación “padre/hijo”. Al ver mi rodilla dijo: «yo sé cómo se cura esto» y me llevó a tomar un helado…

FIN

 

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