El más forzudo

Un día, al despertarme, tenía sobre mí una roca inmensa. Era gris oscura, casi negra y muy, pero muy, pesada.

Cubría casi todo mi cuerpo. Sólo quedaron por fuera de su alcance mis pies, mis manos y mi cabeza. Era desesperante, no podía moverme, ni tampoco respirar.

Con el poco aire que me quedaba empecé a pedir ayuda: llamé al Juan, al Carlos, a la María y al Mario, pero nadie podía sacarme su agobiante peso de encima.

Los días empezaron a pasar y la situación solo empeoraba. Ya entre lágrimas, al borde de la asfixia, hice lo que sería mi último intento. Esta vez, con un angosto hilo de voz llamé al perdón. Lo hice desde lo más profundo de mi corazón, sin falsedad, ni letras chicas.

Creer o reventar, en menos de un suspiro la piedra desapareció y volví a la vida más liviano. Ahí aprendí una gran lección, me di cuenta que de todos el perdón es el que tiene más fuerza.

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