El lugar para los que creen

Justo un día después de que empezara el invierno, justo el mismo día en que se cumplía un aniversario de su nacimiento, a poco de que la profecía mal interpretada de los Mayas no acabara con el mundo, Rome seguía su camino allá del otro lado del Atlántico. Esa mañana debía abandonar Suiza para llegar a un nuevo país: Italia.

Se despidió de la casa donde lo alojaron en una zona llamada “Valais”, en el pequeño, ínfimo pueblo de Ovronnaz, donde se divirtió jugando como un niño con la nieve de los Alpes. Debía tomarse un bus para llegar a una ciudad llamada Sion, donde partía el tren que lo llevaría a destino.

Mientras iba dentro del bus, no le alcanzaban los ojos para disfrutar del paisaje, todo era un cuento mágico; para quienes disfrutan de las montañas nevadas, Suiza sin duda es Disneylandia… Por eso son tan caros los transportes acá, te cobran el paseo turístico, pensó sonriendo.

Ahora si ya no había tiempo para distracciones, nuevamente llegaba la tensa situación de enfrentarse a un vendedor que seguramente no hablaría español y por lo tanto tendría que arreglarse con las pocas palabras de inglés que manejaba, lo cual requería que nada se salga del libreto estudiado.

El tren a Milán con dos escalas salía a las 10:55. El boleto a sacar era para segunda clase, la primera valía más del doble y no estaba dentro de sus posibilidades. Estaba todo fríamente calculado. Como en Italia se usa otra moneda, llegó a este punto con lo justo de Francos Suizos para comprar la plaza.

Antes de meterse en la cola para llegar a la boletería, volvió a verificar lo que había visto en internet unas horas antes. Fue hasta las máquinas electrónicas que permiten ver los horarios y lugares disponibles: todo estaba en orden. Ahora sí se metió de lleno a enfrentarse al vendedor.

La fila era como en un banco, entre unas hileras formadas por cintas rojas, que al llegar delante de todo, se debía esperar el llamado de alguna de las ventanillas disponibles. En este caso eran tres los empleados.

Nunca pudo relajarse del todo ante estas situaciones. Al estar casi desprovisto de idiomas alternativos se ponía tenso, recurriendo siempre a la misma falsa promesa de que al volver estudiaría uno seriamente.

Llegó su turno, y preguntó al vendedor luego de un mal pronunciado “bonjour”: «¿español?» y del otro lado de la ventanilla una cara empezó a pendular de izquierda a derecha, así que sin más remedio “puso sobre la mesa” su rustico inglés. Dijo la frase casi sin respirar, como si hubiese estudiado una poesía para el acto del colegio primario y la respuesta que obtuvo del empleado que nunca consultó la pantalla fue algo así como: «No quedan lugares en segunda clase, solo en primera»…

La cara de Rome se transformó, quiso pedirle que al menos mire la pantalla, quiso decirle que en las máquinas de consulta figuraban lugares libres, pero no encontró las palabras, ni las señas que lo expliquen y más aún no quería atrasar la larga fila que tenía detrás.

¿Qué hacer ahora? Se preguntaba. No podía volver a Ovronnaz y en Italia lo estaban esperando a la hora programada. Estaba desconcertado y desconectado, se corrió de eje. Tuvo enojo con el vendedor que ni siquiera miró la pantalla: seguro de deben ganar comisión por venta, pensó indignado. El no manejar idiomas lo hacía sentir aislado. Como decía su abuela materna: la plata, la religión y los idiomas, separan a las personas…

Después de ese breve pasó donde en su cabeza gana lugar el pesimismo, por suerte entra en juego su fuerza desigual y contraria: el optimismo que rebalsa todo. Estaba nuevamente ante una situación propicia para dar lugar a la magia. Su obstinada idea de que la máquina tenía razón y que el vendedor no hizo bien su trabajo le sirvió de plataforma para hacer crecer su esperanza.

Estaba con sus dos mochilas, la grande detrás y la pequeña delante, con lo cual moverse no era cosa sencilla, aún así pudo entrar en el pequeño baño de la estación a implorar a su ángel de la guardia. Pidió que una vez más la magia del camino se manifieste y que todo se acomode a su favor.

Salió de la improvisada “capilla” como un jugador de fútbol salta al campo de juego a disputar una final. Concentración extrema, este partido no se podía perder. Entró al “laberinto” de cintas rojas, dejando su gran mochila tirada en un costado pero bien a la vista, haciendo cálculos de probabilidad para ver que vendedor le tocaría esta vez. Claramente no quería volver a pasar por el mismo.

De los tres que atendían uno se retiró, lo cual aumentaba las chances de repetir. El corazón se le iba a salir por la boca, le transpiraban las manos. Estaba por llegar su turno y todo parecía indicar que le tocaba el mismo.

La chica que tenía delante fue al otro vendedor, por ende se desocuparía antes el “no deseado”, que desde hace unos minutos atendía a la misma persona. Estaba al borde de colapsar, iba a tener que inventar algo con señas para no pasar de nuevo por ahí, hasta que la magia empezó a dar indicios de que ya estaba rondando el lugar.

Este vendedor no dio con un cliente fácil de despachar y se tuvo que parar varias veces, mientras Rome miraba con mucha atención como el otro empezaba a contar el vuelto, pero parecía hacerlo en cámara hiper lenta. Finalmente quedó libre la ventanilla deseada, a la que se dirigió llamando nuevamente a su ángel guardián.

Este vendedor tampoco hablaba español, y al escuchar el destino de Rome empezó a responder con una palabra conciliadora, expresando una voluntad que el otro no había tenido… «Creo, que no hay vacantes en segunda clase», pero al menos se permitió dudar y usó sus dedos para escribir en el teclado. Rome lo miraba fijo a la cara y vio un gesto que adelantó el resultado antes que hablara… ¡Había un lugar!

La magia del camino no es impuntual, nunca llega tarde. Pasa en la vida, pasa en los viajes: para los que creen y vibran alto manteniendo su fe, siempre, sin lugar a dudas, habrá una butaca en el tren que anhelen tomar… anotó Rome en un cuaderno, subido al convoy que a punto de salir estaba semi vacío. Sintió que todo esto había pasado sólo por una razón: recordar las bases para mover montañas…

Pocas horas después, llegó en tiempo y forma a una estación con un cartel que decía: “MILANO CENTRALE”.

 

FIN

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