El lugar para los que creen (aún sin saberlo)

… “Calles voy a cruzar, en silencio nena escucho hay un lugar”… Dice la canción “Finale” de un grupo de rock que ya no existe llamado “Los Piojos”, que fue la “banda soporte” de mi adolescencia y posterior adultez. A los recitales que daban los bautizaron como “rituales”. Cada vez que uno terminaba, cantaban esa canción y leían por micrófono todas las banderas del público.

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En el año 2003, el “deber ser” me llevó a vivir a Capital Federal, donde vivía en un departamento prestado en el barrio de Monserrat, al que bauticé como “Kosovo”, porque realmente era de posguerra. Había sufrido un incendio, tenía algunas paredes descascaradas y negras, muy poca luz y verdad que yo como inquilino tampoco hice mucho por darle vida. Para saber si había sol o no, debía sacar la cabeza por la ventana y mirar hacia el cielo.
Aquella época sin duda la recuerdo como la más fea desde que nací, estaba extremadamente lejos de mi esencia, aunque ignorara la semilla que estaba empezando a brotar
Trabajaba de cadete en una papelera en el barrio de Chacarita (Lacroze y Forest). También detestaba ese trabajo, era agotador, todo el día de acá para allá, con la desconfianza permanente del jefe y además teniendo que atender al público, siendo que era la persona más tímida del mundo. Mi sueldo por aquel entonces era de $400 mensuales.
Estudiaba el C.B.C (ciclo básico común) de la Universidad de Buenos Aires para ingresar a la carrera de Diseñador Gráfico en “Ciudad Universitaria”, frente a la cancha de River. Estaba desde que me levantaba hasta que me acostaba corriendo por todos lados. ¿La felicidad? Brillaba por su ausencia. El “deber ser” me exigía y yo estaba sacrificándome para “ser”. Ser feliz y disfrutar de la vida era algo que podía esperar, casi una pérdida de tiempo diría yo.
Por aquellos días la noticia a nivel nacional era la gran inundación que golpeaba (y duro) a la provincia de Santa Fe. Las imágenes eran realmente escalofriantes y llenas de tristeza. Los damnificados y yo, sacábamos la cabeza por la ventana en busca de señales de vida del sol…

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Un día rutinario en la papelera, mi gran e inolvidable compañero de labores Hernán, charlando con un cliente “fan” de Los Piojos logra hacer que de su boca salgan unas palabras mágicas: “mañana tocan en el Luna Park a beneficio de los inundados”. Yo, que estaba merodeando por el salón, sentí una pequeña parálisis cardíaca al escucharlo.
Mi banda preferida, una de las pocas cosas de aquel presente que me daba satisfacción, la misma que seguía siempre que tocaran cerca, estaba a punto de dar un concierto y no me había enterado. Me sentí el peor fan del mundo, indigno de todo los poster que tenía de ellos.
La rutina indicaba que yo a las 5 tenía que salir del trabajo, tomarme el colectivo 65 para ir a lo de mi hermana en Belgrano, hacer una rápida merienda, descansar unos minutos y volver a salir para la parada del 107 que va a ciudad universitaria. Todo estaba super cronometrado, en Suiza hubiesen estado orgullosos de mí en aquella época; pero ese día el corazón me pidió tomar cartas en el asunto. Tan solo 24 hs me separaban del “ritual” y había que hacer algo.
Terminé la jornada como un autista, encerrado dentro mío para resolver la situación. Había otro factor muy importante a tener en cuenta llamado dinero. En ese tiempo y durante muchos años más, estuve abonado al merecimiento de la escasez (recién ahora, 13 años después, estoy desafiliándome de esa tonta creencia). Todos los gastos estaban fríamente calculados. Tenía estudiado cuánto comía por día y cuándo podía darme un “lujo”.
Sabía, por ejemplo, que comprando un kilo de milanesas alcanzaba para 4 comidas. Que con medio kilo de tomates y un poco de arroz las acompañaba perfecto, así que los lunes compraba los gramos de comida justos y necesarios de toda la semana. Mi disciplina con el dinero era casi militar, pero en este caso tuve que deliberar y entender que esto era un gasto de necesidad y urgencia. No podía quedarme afuera de un recital de Los Piojos a 20 cuadras de “casa”.
Cual GPS recalculé mi rutina y salí disparado en el subte “B” que en esa época empezaba (o terminaba, como más les guste) en “Lacroze” y su otra cabecera era la estación “Alem” frente al emblemático Luna Park. Subí corriendo las escaleras, la ansiedad es un tema que debo seguir trabajando, llegué corriendo a la boletería llevando en la mano los $10 del valor del ticket, con la ilusión de un niño el 24 de Diciembre cerca de la medianoche, y a poco de llegar a ventanilla, ahí mismo en el escenario de épicos combates de box, recibí un cross de derecha al ver el letrero que decía “entradas agotadas”.
Como el “deber ser” no daba lugar para perder tiempo en frustraciones que tengan que ver con cosas banales como los sentimientos, lleno de tristeza me subí al micro para llegar a tiempo a clase.
Al otro día, desde que sonó el despertador, supe que no podía dejarme vencer. En aquella época tan gris, ya había una parte mía que creía en colores… ¡sin que yo lo supiera!
En la jornada laboral, decidí aprobar una resolución dentro de mi congreso. Se aprobó la ley que habilitaba un presupuesto extraordinario de hasta $18 para conseguir el lugar. Siempre, en las inmediaciones de esos espectáculos, están quienes hacen reventas. El dictamen además daba la instrucción de acercarse a la zona cerca de la hora del comienzo y estar con los 5 sentidos atentos para captar a un revendedor y tener la certeza de que no sea una entrada falsa.
El día de trabajo fue interminable. Llegaron las 5 p.m. y salí corriendo para ir a Kosovo haciendo combinación entra la línea “B” y “C” del subterráneo. Llegué, me puse mi uniforme recitalero, tomé unos mates y emprendí camino haciendo nuevamente la combinación de subtes.
Tenía la concentración de Maradona antes de jugar la final del mundo en México 86, no se me movía un músculo de la cara, y si no fuera porque la gran ciudad está saturada de ruidos, todos hubiesen escuchado como mi corazón estaba por salirse del pecho.
Tomé el subte “C” en “Moreno” y me bajé en “Diagonal Norte” para combinar con el “B”. Ahí bajo tierra, en los pasillos que al igual que Kosovo tampoco saben del sol, había una señora no vidente pidiendo limosna sentada en el piso. La velocidad promedio de los peatones que pasan por allí es de 150 km/h. Yo vendría a 160 y al cruzar a la señora puse balizas y frené unos metros más adelante. Sentí que si tenía un buen gesto con ella, ella sin saberlo me iba a ayudar a mí. Firmé el nuevo decreto de necesidad y urgencia en dos milisegundos, y del acotado presupuesto tomé una partida de 50 centavos y se lo dí.
Seguí camino, tomé el subte “B” en dirección al Luna Park. Si bien no había asientos libres, tampoco estaba lleno. Al lado mío, agarrado del estribo contiguo, había un muchacho ruliento vestido con remera de Los Piojos.
Había aprendido, en un curso para conseguir empleo, que una forma eficiente es hacerle saber a todo el mundo que uno está en la búsqueda, así que apliqué ese principio. Era cantado que él iba al recital. Le conté y sonrió. A partir de ese momento no me lo permití ver, todavía no creía del todo en estas cosas, pero empezaron a brotar chispas doradas, como las que envuelven a las hadas en los cuentos; y el tiempo, junto con los sonidos se detuvieron. Él empezó a cantar la canción que yo quería escuchar…
—Mirá yo iba a venir con mi hermano y a último momento tuvo que bajarse, así que tengo su entrada para vender.
Mi corazón se detuvo, pero intuí que acá empezaba la negociación, así que no debía mostrar mi desesperación. Tenía que averiguar a cuanto me la iba a vender. Mi techo máximo de $18, pero ahora estaba dispuesto a estirarme a $20…
—Ah mirá — dije tratando de poner cara de poker — y… ¿a cuánto la vendés?
El tiempo ya estaba detenido, así que no se podía detener dos veces, por ende la respuesta fue rápida…
— A $10. Lo que me salió, no quiero hacer negocio, solo recuperar lo que pagué…
No vomité el corazón de pura casualidad, no lo podía creer. Mi auto boicotero descreído empezó a sospechar. Seguramente la entrada era falsa y se ve que lo dije con la cara.
—Mirá es la misma que la mía — dijo, sacando otra del bolsillo, y ahí no tuve más remedio que creer y pensar en la señora no vidente que pedía limosna.

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Yo que tenía un cerebro tan dominante, que no me permitía creer ni distraerme en nada, que tenía bien fijo el objetivo del “deber ser”, dispuesto a pasar muchos años en la gran ciudad estudiando mientras tenía un trabajo horrible, vivía en un departamento deprimente, con un sueldo insignificante, todo por el maldito mandato aceptado de llegar a “ser alguien”, tuve una pequeña muestra de lo que mucho años más adelante haría consciente ya sin negaciones, ni trampas: la magia que hay en el camino de los soñadores atrevidos.
Mi corazón tuvo una gran victoria en aquella batalla contra la razón, que venía ganando la guerra. Después de mucho tiempo estaba teniendo un síntoma vital, estaba sintiéndome vivo. Ni siquiera había salido del mundo subterráneo y ya tenía la entrada en la mano.
En la cola de ingreso al recital me encontré de casualidad con gente de mi pueblo, así que compartimos juntos el ritual y tuve éxtasis de alegría.
Después de más de dos horas de música llegó la hora del cierre. La gente se empezó a amontonar sobre las vallas frente al escenario para mostrar sus banderas y desde los parlantes empezó a sonar…
… “calles, voy a cruzar, en silencio nena escucho hay un lugar” y ahora entiendo que la nena es la vida, y que hay un lugar para mi, tanto como para aquellos que se animen a vivir de los mandatos de su propio corazón…

FIN

 

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4 Responses

  1. Rafaela dice:

    Excelente! Lo imagine viviendo en Kosovo y la gran carrera al Luna Park a ver el concierto ahhh suerte con la entrada! Bien Simplemente hermoso, saludos

  2. Rafaela Saavedra dice:

    Excelente historia! Melo imagine viviendo en kosovo ahhh y corriendo tras esa entrada que al fin consiguio de suerte, final feliz! Saludos

  3. Evelin dice:

    Hermosa historia, muy buena reflexión y excelente moraleja. No pude leerlo en mejor momento. Gracias por compartir tu experiencia de vida ..Quiero encontrar ese lugar que hay para mi y seguir los mandatos de mi corazón..sentir nuevamente la magia que hay en el camino de los soñadores atrevidos. Muchas gracias por tus palabras

  4. LUCAS Ávila dice:

    Los piojos provocaban cosas asi!!!! Y muchas veces me pregunto…. volverán? Luego se que es una utopía y que fueron momentos de la vida que no volverán.. .. muy linda tu historia

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