El precio justo

El viajero llegaba a una nueva ciudad y al bajarse del auto que lo había levantado en la ruta haciendo dedo, ve en una pared, la publicidad de un recital de rock que iba a dar su banda preferida, a la que nunca tuvo la suerte de ver en vivo.

Analizando sus posibilidades económicas era lógicamente imposible, pero como ya había aprendido en su nueva vida, entregado a la magia del camino, la lógica suele quedar ridiculizada a cada paso, así que por si acaso guardó un poco de esperanza.

Ahora debía poner su energía en encontrar la casa de la persona que había aceptado alojarlo sin cobrarle. Al principio esto le parecía un poco raro ¿cómo era posible que gente abra la puerta de su casa a desconocidos, les presten sus instalaciones, le den una llave, le compartan comida y todo sin pretender dinero? Pero después fue entendiendo que el camino es muy generoso para quien se le atreve, que hay personas dispuestas a colaborar en nuestros sueños sin segundas intenciones y que además se sienten muy felices dando todo cuanto pueden sin pedir nada a cambio.

Preguntando y preguntando, llegó hasta esta casa. Como de costumbre, fue recibido entre abrazos y sonrisas. Durante las charlas típicas de introducción a la vida de cada uno, Rome, supo que su anfitrión trabajaba en una productora de espectáculos musicales y que justo justo era quien producía el concierto de su banda preferida. Al escuchar esto sintió como un latido más fuerte de su corazón: ya intuía que iba a terminar viendo el show aunque no le hayan dicho nada, lo sabía. Es que dentro de la magia de los viajes, los anhelos se van cumpliendo de una forma tan simple y veloz que invitan a creer cada vez más en el universo, y a quemar todos los boletines de ciencia (o de miedo) que exigen demostraciones empíricas para validar.

Efectivamente fue invitado al concierto y desde una ubicación especial: vería el espectáculo desde la torre de sonido frente al escenario.

Al principio la noche venía con algunas nubes negras que presagiaban aguaceros, pero de repente algún ángel del cielo sopló fuerte, porque de la nada aparecieron las estrellas cubriendo toda la vista aérea.

Un poco más tarde de lo anunciado, las luces se apagaron y la banda saltó a escena. Rome estaba más feliz que un niño cuando vuelve su padre del trabajo. Los acordes empezaron a salir, la música empezó a viajar por el éter y por sus venas. Canción tras canción, sintió que la música lo agarraba de los hombros y lo elevaba dejándolo flotando en el aire. Recordó porqué era su idolatría hacia la banda: las melodías y las letras acompañaban su vida a cada paso. Lo hacían sonreír, emocionarse, reflexionar, gritar, saltar… Se dio cuenta de cuantos instantes de su viaje estaban asociados a estas canciones. Los recuerdos más marcados tienen forma, colores, aromas y también… ¡música!

Pasadas más de una hora de show y de sentirse en el paraíso, la banda tomó un descanso. Rome se abstrajo del lugar donde estaba y empezó reflexionar:

Cuanta gente vibrando en simultáneo – el lugar estaba verdaderamente lleno – cuantas sensaciones buenas logran con su música, con su arte… De repente saltó a otro pensamiento calculando alrededor de cuanto habrían recaudado y siguió pensando… Qué buena vida deben llevar los integrantes de la banda con tanto dinero y encima haciendo lo que les gusta…. Seguía abstraído… Si es así, se lo merecen: generan tantas cosas buenas que se merecen tener una gran vida y lo que cada uno del público haya pagado (aunque él no pago nada) es el precio justo de recompensa por alegrar tantos corazones y movilizar tantas buenas emociones. Qué triste hubiese sido para la humanidad si por ejemplo John Lennon no hubiese podido dedicarse de lleno a la música por tener que trabajar de otra cosa para poder cubrir sus gastos… ¡cuántas melodías habrían quedado huérfanas! Todos tenemos un don y sería hermoso que tengamos la recompensa justa por ejercerlo. Ojala todos los artistas pudieran vivir de su arte, ojala todos pudiéramos vivir de lo que nos hace bien – terminó de reflexionar –.

La noche siguió, y en menos de un suspiro el recital terminó. Lentamente empezó el regreso a casa. Iba caminando muy sonriente, silbando acordes y cantando con el poco resto de voz que le quedaba. Pasó un gran momento, pero ahora su show debe continuar. Dentro de pocas horas un nuevo sol traería nuevas aventuras por vivir, nuevas magias que abrazar. Miró al cielo y dijo: ¡Qué lindo es sentirse vivo!

FIN

Estas historias relatan las aventuras de un viajero. Para entenderla mejor, es recomendable leer solo este capítulo antes: INVITACIÓN A SOÑAR

 

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5 Responses

  1. Estela Rb Estela Rb dice:

    Qué bonito!! Ojalá todos podamos tener nuestra recompensa y dedicarnos a lo que nos hace sentirnos vivos!! Gracias por el relato!

  2. mattiu18 dice:

    Todos tenemos un don y sería hermoso que tengamos la recompensa justa por ejercerlo…. adhiero…

  3. Este cuento llego hoy a mis manos….MÁGICO!! Gracias!!!

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