Brazos de liberación

José Ignacio Andrada nació en el partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, hace unos treinta y tres años atrás. De chico, era el hijo que cualquier padre querría tener: aplicado, obediente y por sobre todo, muy solidario. Siempre estaba atento a dar una mano a quien se le cruzara por el camino sin pedir nada a cambio. En la escuela las maestras no lo calificaban con un once porque no se los permitía el reglamento. Solía levantarse antes de que suene el despertador y sorprendía a sus padres con el desayuno de mate cocido y tostadas quemadas en la mesa. Supo ser monaguillo en la iglesia, y hasta alguna que otra señora, de esas que siempre ocupan las primeras filas vistiendo las mejores prendas de su placard, ya le aventuraba futuro de sacerdote. Era sin lugar a dudas un gran seductor de potenciales suegras desde niño. En su adolescencia se alejó un poco de los ámbitos eclesiásticos; sentía que era una manta que ya no lo cubría del frío, pero mantuvo siempre su fe en Dios. Su vida transcurrió en el barrio que lo vio nacer hasta los veintiséis años, donde abandonando el nido materno se fue a cambiar de aire a la capital.

Simón Gutiérrez, rebautizado por los amigos de la escuela primaria como “Guti”, era un chico de pueblo rural que fue dado a luz a la vieja usanza en la casa de su familia. Desde ese día hasta hoy transcurrieron alrededor de veinticinco años. Desde pequeño mostró una gran habilidad para escabullirse de las letras, de los números, de la geografía y de las ciencias: detestaba estudiar y además no lucía mucho a la hora de razonar. Los primeros grados iba arrastrado de la mano por su hermano mayor entre lágrimas. No veía la hora que sonara la campana que le permitía volver al hogar. Como contraste era muy bueno dando una mano en los quehaceres de la pequeña granja que tenían sus progenitores. Raúl, su papá, podía delegar tareas de relevancia en su hijo menor desde pequeño. A medida que fue entrando en la pubertad, Guti, descubrió sus dones en el arte de la seducción de mujeres y ese era su nueva motivación existencial: corría tras los besos de cuanta niña se le cruzara por el camino y solía atrapar muchos con poco esfuerzo. Cuando el almanaque señalaba que ya tenía diecisiete primaveras sobre sus hombros, conoció una chica que lo deslumbró. Del galán que juraba que nunca iba a enamorarse ni dejarse arrastrar por una pollera, ese que siempre llevaba las riendas, no quedaron ni rastros: cayó derretido ante la sonrisa de esta niña levemente menor a la que le entregó las llaves de su libertad y dejó de tener incidencia en cualquier decisión de relevancia. Tal es así que prontamente tuvieron un hijo y ella decidió que debían mudarse cerca de la casa de sus padres en Capital Federal.

José se estableció en la gran ciudad y sus años allá vinieron llenos de cambios (más bien negativos): encandilado por las luces y rodeado de malas influencias, fue perdiendo su esencia. Entró al mundo de los negocios turbios y en pocos años de ambición salvaje obtuvo una posición económica nunca antes vista en el árbol genealógico de su familia. Aquel humilde y sensible chico que ayudaba a todos, se había convertido en una máquina inhumana a la que no le importaba pisar cabezas con tal de obtener más dinero que le asegurara mantener su nuevo estatus y su frívolo círculo social. La ambición desmedida lo llevó a la mesa de mafiosos urbanos para participar de nuevos proyectos que prometían muchos billetes con poco esfuerzo. Estaba en la cresta de la ola. Sentía que nadie en el mundo tenía más habilidad que él para los negocios y también que en su libro de conocimientos ya no había más espacio para escribir: ya lo sabía todo.

Guti se sentía desterrado, no se acostumbraba a tanto cemento y a tanto ruido pero estaba perdidamente enamorado de su mujer y su hijo. Desgraciadamente la ciudad le hizo pagar un alto costo por su falta de estudios y no conseguía trabajos que no fueran de gran esfuerzo físico siempre estando más bien por debajo del salario mínimo vital y móvil. Con tal de llevar un mango a casa no reparaba mucho en la amargura de sus días.

A José la soberbia le jugó una mala pasada y fue usado por un grupo de titiriteros añejos, de esos que saben cómo manejar marionetas que se creen en el papel de reyes: fue involucrado en estafas millonarias donde su nombre aparecía sin letra chica. La justicia y los acreedores hacían competencia para “invitarlo” a sus mesas. En pocos días se derrumbó su castillo de arena y todos los amigos del campeón desaparecieron. Quedó sólo y sin Sargento Cabral que lo salve. Cada mediodía al levantarse con fuertes dolores de cabeza, debido a los alcoholes que suspiraba por las noches para llevar el duelo y no pensar, encontraba debajo de la puerta de calle resmas y resmas de deudas impresas . Parecía que hubiesen talado todo el Amazonas para que alcance el papel que de testimonio de sus cuentas a pagar.

Un día Guti cambió de trabajo (pese a que a su mujer no le causaba ninguna gracia) y empezó a laburar en una verdulería cerca de su casa. Este dato no era menor, porque esto lo ponía contento ya que tenía la oportunidad de disfrutar más horas de su hijo que no paraba de crecer y ya estaba en la escuela. Solo ganaba en tiempo las horas del viaje, porque la carga horaria del nuevo empleo no era menor a la de los otros, solo que ahora podía dormirse una siesta entre turno y turno. Con el pasar de los días su empleador dejó de ser atento y sonriente con él y no paraba de pisotearle la estima a cada minuto delante de los clientes. Este hombre parecía que vertía todas sus frustraciones existenciales en el pobre empleado. Tratarlo de inútil era casi que un halago al lado de las otras cosas que le decía. Los días de Guti perdieron el sol y una amargura extrema había copado la escena. Cada vez que sonaba el despertador, sentía que perdía la batalla.

José yacía entristecido en su trinchera sin armas. De repente, fue consciente de algo que hacía rato no veía: un rayo de luz que entraba por el balcón, cual sol del veinticinco que venía asomando, y salió a ponerle la cara. Paradójicamente este sol le trajo un trueno de entendimiento que le hizo vibrar todo su ser y por primera vez sintió vergüenza de su vida en los últimos años. Aunque el calor y la radiación eran intensos, no se llegaron a evaporar las lágrimas que empezaron a brotarle sin fin. Recordó su infancia y los valores que había aprendido. Recordó además cuan vulnerable era ante algún sufrimiento ajeno. Pasaron por su olfato los olores del barrio, de la casa materna y pasó por su boca una muestra gratis de las mil sonrisas que tenía a diario viviendo feliz sin la obsesión por el dinero. Hace algunas horas sentía que todo estaba perdido, pero ahora una fuerza le había brotado desde la más profundo de su ser: aún estaba a tiempo de bajarse de la cordillera a la que se había subido y podía vencer a los invasores internos y externos de su felicidad, comandando su propio ejército de liberación. Se hizo todas las promesas del caso y luego de un rato, bajó a la realidad más cercana. Era hora de comer algo y solo le quedaban en la billetera dos billetes de $50 hasta vaya uno a saber cuándo. Consciente de esto, pensó en comprar unas verduras baratas y llenar la panza a bajísimo costo hasta nuevo aviso. Fue hasta la verdulería del barrio y se topó con una escena que lo entristeció sacándolo de su trance: fue testigo presencial de la humillación que sufría Guti, a quien desconocía, pero ya tenía ganas de abrazar. Su jefe le gritaba y le recriminaba todas las acciones.

José percibió en un solo segundo toda la realidad de Guti: tenía en su rostro la tristeza propia de quien vive una realidad sin sonrisas, llena de sinsabores, sin rastros de felicidad en varios años a la redonda: seguramente como tantos otros héroes del cotidiano soportaba el filo de esos sables a cambio de una remuneración casi invisible, pero necesaria para alimentar a los suyos., pensó mientras seleccionaba la verdura.

Al llegar a la caja, sacó un billete de $50 para pagar los $25 que había sumado y este le devolvió $75. De lo aturdido que estaba por los gritos de su jefe, se había equivocado y le dió el vuelto como si le hubiese pagado con un billete $100. Como la cola era larga y apurada, José agarró el vuelto un poco aturdido también, sin caer de lo sucedido, hasta que al salir de local se dio cuenta. Pensó en ir rápidamente a devolver la plata, pero reflexionó que quizás si el jefe se daba cuenta de esto, iba a llegar a un pico de furia contra su marchitado empleado. Así que para no clavarle una nueva lanza, pensó que lo mejor era abordarlo a la salida del horario laboral, dando por hecho que al cerrar la caja el jefe le descontaría lo que falte, y entonces le daría el dinero que recibió por error. Volvió al local cerca del horario del cierre y esperó disimuladamente en la vereda de enfrente. Al ver salir al empleado, lo siguió unas cuadras y se cruzó para hablarle. Este además de triste, iba muy apurado.

-Disculpá – Dijo José. – No sé si me ubicas, soy cliente de la verdulería-.
-Ah sí – dijo el otro, sin levantar la mirada del piso y siguió. – Perdoname, pero no estoy para charlas, tuve un día muy malo y encima tengo que llegar a la farmacia antes que cierre: mi hijo cayó en cama me dijo la madre recién.

Se confirmaba la suposición de José: el desconocido Guti estaba dando su vida por su familia, así que justificaba ampliamente la devolución del dinero pese a que el también lo precisaba…

-Mirá hoy fui al local, me diste mal un vuelto y supongo que te lo habrán descontado, por eso te quería dar los cincu…
-Ah sí – dijo éste interrumpiéndolo. – Encima que la mano está muy dura, me descontaron $125, no sé ni cómo voy a hacer para…

José que ya estaba abriendo la billetera, al oir esto sintió un escalofrió de compasión y no pudo seguir escuchando. Se sintió como abstraído, viendo la escena desde arriba, rodeado de grises edificios que tapan al sol, bocinas que no tienen respiro, gente ensimismada en sus teléfonos móviles, corazones escondidos por el vértigo del sálvese quien pueda reinante en la urbe, pies que no paran de correr y sonrisas que perdieron espontaneidad. Se dio cuenta que este es el contexto donde se llevan a cabo las luchas de cada uno en el día a día: el campo de batalla del cotidiano no es un descampado árido donde llegan los ejércitos antagónicos montando caballos, llevando lanzas, espadas y transportando cañones. El mundo que nos rodea es el lugar para ensayar las liberaciones y las revoluciones personales o colectivas. Se puede ser el héroe de una nación entera, pero también se puede ser el de una familia, el de un tercero desconocido (singular y/o plural) y también el héroe de uno mismo… Contó de una sola mirada todos sus billetes y sin pensar en que él tampoco tenía para comer, sin pensar en que no sabía cuándo volvería a tener un cobre en los bolsillos, agarró la plata diciendo…

-Eeehh acá los tenes –dijo aumentando la firmeza en sus palabras -Los billetes estaban pegados y me diste $125 de más. Disculpá que no te los di a ahí: me di cuenta en casa…

Guti, levantó la vista hasta encontrarse con sus ojos y también sintió un escalofrió emocionándose hasta las lágrimas ante este héroe de jean y chomba que le devolvía el dinero, liberándolo de su pésima realidad de hoy, haciéndolo sonreír hasta la próxima batalla que será al día siguiente. Sin saberlo, en este sencillo e inusual acto se escondía el principio de una revolución, ambos se estaban liberando y tuvieron el mismo impulso: José y Simón se dieron un gran abrazo de manos abiertas y brazos apretados. Los dedos de uno dejaron surcos en la espalda del otro recíprocamente. Después cada cual siguió su camino.

José estaba emocionado con lo sucedido y sintió que por un día volvió a ser aquel José de San Martín; y Simón que ya no quería volver a vivir estas situaciones, sintió empuñar su sable. Había tomado la decisión de encarar su revolución en busca de una vida feliz.

Aún no habían derrotado al enemigo más grande, pero se sentían fortalecidos por el día de hoy: mañana, el sol iluminará un nuevo campo de batalla de liberación, y ya no podrán ser indiferentes. Tanto en la historia de las naciones, como en la de los pueblos, como en la de las personas, siempre se está a tiempo para librar una batalla contra aquello que esclaviza, que entristece los días y corta las alas para volar. Si hay quien pudo liberar tres países, ¿cómo puede creerse imposible liberarse a uno mismo?, pensó José aceptando su desafío y sonrió.

FIN

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3 Responses

  1. julio garcia dice:

    Escalofríos! Que buena historia y que mensaje para sembrar esperanza, gracias Pablito, siento que estamos muy conectados con los sueños y la manera de ver al mundo! Creo que no somos los mismos del secundario, hay revelaciones revoloteando…

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