Algo para dar

Atención. El siguiente relato contiene emoción explícita y la comprobación empírica e irrefutable de que absolutamente todos tenemos algo lindo para dar…

En el año 2011, Migue, un papá del corazón que la vida me regaló, estaba llevando a cabo con escaso éxito un tratamiento de quimioterapia. Él se esforzaba para que no pareciera trágico y trataba de minimizarlo. Se la aplicaban los días sábados en el hospital de Marcos Paz. Iba y volvía en el día.
Por ese entonces mi sobrino Marcos tenía 5 años y era a la vez nieto honorario de Migue. Entre ellos llevaban una relación muy linda.
Migue sabía cómo hacerlo enojar. Todo el tiempo lo estaba provocando y Marqui no sabía, ni quería, evitarlo. Se peleaban amistosamente todo el tiempo y después se abrazaban como si nada hubiese pasado.
Un domingo nos reunimos en casa, y Migue a poco de terminar el almuerzo decidió irse a dormir para cargar sus baterías.
Seguimos de sobremesa, esforzándonos en no hablar de él y su circunstancia, y en un revoleo de ojos veo a mi sobrino dirigiéndose al dormitorio de su abuelo. Traté de alcanzarlo con pies de lana para no hacer ruido y no provocar lo que estaba tratando de evitar, que era interrumpir el sueño del dulce angelito. Como no podía alcanzarlo, le susurré «No Marqui, no», pero él iba bien decidido. Es normal en los niños, y en varios adultos, tener audición selectiva.
Mi velocidad no fue la necesaria. Lo vi súbitamente abrir y cerrar la puerta que sólo estaba arrimada. A los pocos segundos entré yo musitando e implorando «Marqui, dejalo dormir, está cansado», pero ni me miró. Llegó hasta el borde de la cama donde estaba Migue, se puso en puntas de pies y le dio un beso en la frente. A mí se me enjuagaron los ojos, y se me dibujó una sonrisa. Luego, como un ladrón experto, volvió sigiloso en el más agudo silencio, y me pidió que me corriese del medio para poder salir.

 

Entre las rarezas de la biología humana, hay una que me despierta mucha curiosidad: los adultos entrados en la vejez, un tiempo antes de partir, vuelven a ser niños; y yo pude ser testigo de una entrega absoluta entre dos niños que además de ser abuelo y nieto, eran grandes amigos y compinches. Quizás en aquel beso le estaba diciendo «tu mamá no te deja salir a jugar porque estás enfermo, pero yo te estoy esperando» o «descansá tranquilo y contá conmigo siempre, somos del mismo equipo contra los monstruos», o también «quizá ninguno de estos adultos que nos rodea lo entienda, olvidados de reír, están muy ocupados en lo que no importa, padeciendo por lo que no tienen, pero nosotros sabemos lo que es realmente importante y por eso poniendo mis labios en tu frente te doy todo lo que tengo, todo lo que precisás».
Seguramente un estudio de alguna universidad norteamericana revelará pronto al mundo occidental el poder de los besos en la frente. Sé de muy buena frente que no son como los que se dan en el cachete. Nadie sujeta suavemente la cabeza de otro con sus dos manos, eleva su cuello, estira la boca y hace aterrizar sus labios en la frente de alguien por el cual no siente nada. Los besos en la frente van de generación en generación; se los daba tu tatarabuela a tu bisabuelo, y él a tu abuelo y tu abuelo a tu mamá. Tienen ese aroma a árbol genealógico, a fiebre que se va a ir pronto, a pan recién horneado, a recordatorio de que somos un equipo, vos y yo. Estamos juntos y sellados. Donde un labio se pega a una frente, nada malo puede pasar, no hay por dónde.

Si justo por estos días estás con la sensación de que no tenés nada bueno para dar y encima la rutina te está alejando de lo que te hace bien, no esperes a que Harvard o Stanford te lo afirmen, sabés que tenés una frente y una boca, y que alguien, como mínimo una persona, está esperando por ellos, para un acto de entrega máxima, desnuda e impagable.

FIN

P.D.: A los pocos meses de la partida de Migue, mi sobrino estaba en su casa pasando un día imposible de aguantar. No le dolía nada, pero no paraba de llorar. La madre desesperada le pregunta si quería un regalo para cortar el llanto y éste le responde que sí, que quería un helicóptero. La mamá desconcertada le pregunta para qué… «Para ir al cielo a jugar con Migue» le respondió… Se ve que, entre otras cosas, le quedó cargado en los labios un beso. Así que estimado lector, sepa que tiene mucho para dar y que es AHORA.

 

 

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2 Responses

  1. Mariana dice:

    Los cruzamos en la ruta 9 a la altura de lima! Exitos en su viaje! Mucha suerte!

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